Hace años yo era de las niñas que no se atrevían a decir que eran feministas. En gran medida porque mis primeros encuentros con el feminismo fueron chocantes, por decir lo menos, como una maestra de redacción que humillaba a los hombres del grupo por el hecho de ser chicos.

Sin embargo, varias charlas con amigas muy queridas, una mayor conciencia de lo que ocurre con las mujeres en México y en el mundo, y una vaga noción de que lo que yo había conocido como “feminismo” tal vez no era realmente “the real deal”.

Decidí ponerme a leer al respecto y en mi aventura de conocer más, di con el libro de Roxane Gay Bad feminist.

Se trata de un libro de ensayos que van desde lo muy personal hasta lo racial, temas de género, sociedad, cultura y la definición de feminista de Gay.

La autora se presenta a sí misma como una mala feminista porque no siempre vive a la altura de los preceptos del movimiento. Sin embargo, marca con mucha razón si me lo preguntan, que el gran problema del feminismo hoy en día es que ponemos todo el peso del movimiento en la persona en turno que funge de estandarte. En el momento en que la persona mete la pata, tumbamos la idea de feminismo.

Recientemente pasó que Emma Watson, notable estandarte feminista, posó para una revista de una forma atrevida (no me atrevo a decir que fue semidesnuda porque sí tenía ropa, pero de menos era provocativa). El internet se le fue encima: “¿Cómo siendo feminista se atreve a posar así?”.

Prueba A de que lo que dice Gay es cierto. Emma Watson sigue siendo una mujer que lucha a favor de la equidad para las mujeres. Pero esta idea atroz de que una feminista no puede ser femenina (no se depilan, no usan tacones, no les gusta el maquillaje y por supuesto, odian a los hombres) hizo que el internet la quisiera quemar viva.

El primer ensayo del libro me costó trabajo porque no hice click, pero de ahí en adelante me fui como gorda en tobogán: la forma en que Gay entreteje cultura pop, el internet y temas pertinentes al feminismo es casi mágica.

Gay toca desde 50 sombras de Grey, hasta Twilight para marcar sus puntos. Es un libro conmovedor (muy humano, muy real, muy crudo) hace replantear las ideas sobre el feminismo. Además, es un punto de vista más enriquecedor pues Gay es de ascendencia haitiana: mujer, de padres extranjeros en Estados Unidos, de color. ¿Listos para saber lo que es ser una mala feminista?

Este libro me parece una puerta abierta de par en par para tumbar ideas viejas no sólo sobre feminismo, sino sobre temas raciales y la cultura en que estamos sumergidos.

Les dejo una breve intro (escrita por la misma autora) en Buzzfeed acá

A mí nadie me dio un manual para saber ser mujer en esta vida. Nadie me advirtió que iba a enfrentarme a una sociedad en la que si algo me pasa, seguramente va a ser mi culpa porque yo me lo busqué: por estar sola, por vestirme con ropa ajustada, por ser yo. Tampoco me advirtieron que mi autoimagen iba a ser puesta en tela de juicio más veces al día de lo que uno imagina.

Hace poco, al quejarme con un amigo muy querido de que me siento incómoda con mi cuerpo, él me dijo que era bonita así como soy. Que no debería martirizarme tanto ni mucho menos obsesionarme con el físico.

Tiempo atrás alguien me echó pleito por ser “demasiado”: demasiado intensa, demasiado ocurrente, demasiado inteligente. “Te vuelves insoportable”, remató. Porque no soy sumisa, tímida, callada, reservada, abnegada…

Dos buenas amigas mías me dijeron que eso pasa cuando una es feminista. ¿Feminista yo? Jamás me había catalogado con esa etiqueta (tan vituperada y mal vista ahora). De feminismo entendía poco o casi nada.

Decidí que era momento de conocer más, de entenderlo, de encontrarme en las voces de otras mujeres y, quizá, aprender a ser mujer en el siglo XXI.

Así cayó entre mis manos el libro “How to be a woman” de la periodista británica Caitlin Moran. El libro autobiográfico de Moran habla de varios temas que a mí (y seguramente a otras mujeres) me preocupan. ¿Por qué la ropa de diseñadores nunca queda bien y es tan cara? ¿Por qué el afán de usar tacones si son tan incómodos (y tan caros… bueno, toda la ropa es cara, tan cara)? ¿Qué hacer cuando una se enfrenta a comentarios sexistas, particularmente cuando son tan velados que te cae el veinte de ESPERA, ESO FUE SEXISTA horas después? ¿Qué pasa con el aborto? ¿Por qué es un pecado cumplir más de 30 años si eres mujer? ¿Es válido como mujer no querer tener hijos?

Con un humor sumamente ácido para tocar temas que invitan a la reflexión profunda, Moran nos cuenta que en realidad sigue sin aprender a ser mujer del todo, pero se quiere como es.

El libro es ampliamente recomendable tanto para hombres como para mujeres: plantea temas que quizá una como mujer siempre ha pensado pero no se atreve a cuestionar, y que como hombre va a ser bueno que se empiecen a enterar, caballeros.

Sigo sin saber ser mujer, porque creo que me estoy redefiniendo constantemente, ¡yei! Pero ya no me acongoja (tanto) no encontrar un camino definido. Vamos de gane.

A fechas recientes he tenido mucho problema mental con mi propia imagen. MUCHO. En pocas palabras me siento fea y gorda. Y no lo digo con el afán de que los que me conocen me digan que no es el caso y me levanten el ego. Lo digo con el afán de exponer algo que me preocupa bastante, mucho más allá de mi autopercepción.

Desde mis 18 años, con el desarrollo natural del cuerpo femenino, tengo una cadera ancha. Estoy hablando de casi 100 cm de cadera (y mis nalgas también son vistosas y llamativas). Eso en general es problemático para mí. Desde que tengo memoria, comprarme pantalones es toda una hazaña: conseguir unos que suban por mi cadera es complicado. Generalmente necesito comprar pantalones que para poder subir por mi cadera, resultan tener las piernas muy largas. Por lo mismo, debo doblarlos o—si no me gana la flojera—cortarlos y coserlos para hacerles un nuevo dobladillo. Más de diez años de hacer esto me fue acostumbrando a que decir mi talla me diera exactamente lo mismo, a pesar de los ojos como platos de las señoritas que me han atendido en las tiendas: 13 si hablamos de talla gringa, 32 en talla mexicana.

Soy una mujer que mide 1.68 mts y me consideraba con un cuerpo armónico. Si subo de peso, se me nota en “las chaparreras”: la cadera y las pantorrillas son las afectadas. Soy de buen comer, el estrés me hace bajar de peso (y según unos amigos, ser yo me estresa, o lo que es lo mismo, vivo eternamente estresada) y para bajar el estrés, cocino. Es mi ying y yang.

Pero a fechas recientes me siento absolutamente fea y gorda. La última vez que compré pantalones tuve que conseguir tallas 15 (y ya no había más grande que eso) y 34. Me llamó mucho la atención este hecho porque justo acababa de bajar bastante de peso. [Tengo el súper poder de que en lugar de subir de peso en las fiestas decembrinas ¡bajo! Y miren que trago con singular alegría]. La última vez que quise comprar blusas no hallé nada que me quedara bien. No tengo demasiado busto, en realidad tengo poco, mi espalda no es taaan ancha. Y aún así, cosas en talla extra grande me quedaban muy justas. Empecé a sentirme aún más incómoda con mi propio cuerpo con el hecho de que hasta conseguir ropa interior se estaba convirtiendo en un calvario. La talla de siempre de mi bra ya no ajustaba para cerrar bien pero más grande no me queda de frente. Y mejor de las panties ni hablamos: las dependientas de varias tiendas me vieron con cara de horror cuando pedí grande e incluso extra grande porque sabía que lo que me estaba enseñando ni de chiste pasaría por mis caderas.

¿Qué demonios? ¿Me caí en el cuerpo de la protagonista de Amor ciego, donde Gwyneth Paltrow pesa como mil kilos y no me di cuenta? ¿La ropa se encogió?

Justamente platiqué del tema con un viejo amigo mío, con quien tengo mucha confianza, y se lo dije tal cual: me siento muy mal conmigo misma. Le expliqué que me sentía gorda y poco atractiva. Tras escucharme me dijo que no debería sentirme así. Al poco tiempo de esa charla, una amiga mía comentó en su muro de Facebook que tratando de comprar una falda, tuvo que pedir una talla grande. Sí. La ropa se encogió. Y con ella los maniquíes. Caminando por Liverpool con mi mamá para atravesar el sótano de Galerías Insurgentes, contemplé los maniquíes ahí exhibidos. Primero me sentí de nuevo mal conmigo misma, antes de que la voz de la razón me pateara mentalmente: no sería sano ser tan flaca como esos muñecos de exhibición. NADA sano, de hecho. Sus piernas son tan gruesas como mis muñecas. ¿A quién le puede parecer atractivo eso?

El problema es que es la imagen de belleza que nos están vendiendo. Me aterra cuando me entero de modas como la de A4, donde las chicas miden su cintura con una hoja de papel tamaño carta: si su cuerpo rebasa el ancho de la hoja carta, no han conseguido la perfección.  Alguna vez llegué a pesar 50 kg, no por moda o por fijación con mi figura sino por un problema de salud, y recordar esa época me causa terror: recuperar mi peso me tomó unos buenos 4 años y obviamente estar tan baja de peso me provocó cosas como anemia, líos en mi ciclo menstrual y otra sarta de broncas de salud que prefiero ahorrarme.

Tengo un tablero en Pinterest en el que colecciono imágenes que se me hacen la definición de sexy (y que son inspiración par aun proyecto personal). Pero jamás voy a tener el cuerpo de esas chicas. NUNCA. Miren acá.

Sin embargo, el bombardeo constante de imágenes de lo que es la belleza, aunado a la ropa que está pensada para gente mega flaquita (¿no tienen caderas y busto las modelos o qué demonios? ¿todo es Photoshop ahora?) y esta tendencia de las dietas verdes, orgánicas y light se van anclando en el subconsciente de uno.  Pienso que qué bueno que tuve un hijo y no una hija, porque está cabrón el daño que le estamos causando en particular a las mujeres con estas ideas de belleza, ¿cómo protegería la psique de una niña si no puedo proteger la mía de esta sociedad de belleza talla “la santa muerte”?

Para el canon de belleza actual, creo que sí estoy gorda. Y eso está bien. En una de esas empiezo a hacerme mi propia ropa o la pido vía Internet para ya no traumarme en las tiendas. Algo tenemos que hacer. No se trata de irnos al extremo de cuerpos tipo humanos de la era de Wall*E. El punto medio y ya. ¿Se podrá? De menos voy entrenando a mi mente a que acepte que no soy una flaca tipo tabla, sino una “gorda” para los estándares actuales… y es lo más sano que puedo ser.

Hoy hay una marcha. #Vivamosnosqueremos gritan las redes sociales. #MiPrimerAcoso como un hashtag para publicar la primera vez (de muchas) que alguien acosó a una mujer. El clamor en las redes está, como pasa casi siempre, dicotomizado: los que entienden que se está visibilizando un problema serio del que hay que hablar para empezar a hacer un cambio, y los que dicen que las mujeres están exagerando, haciendo burla del hashtag para minimizar la idea central: el acoso es normal en nuestra sociedad, y eso está mal.

En efecto, está tan normalizado que ya cuesta trabajo pensar cuándo fue la primera vez que una se sintió violentada (porque sentirte insegura es violencia).

(*)Primera nota al pie: Tengo un amigo, persona reciente en mi vida—consideremos que mis amistades “nuevas” tienen de menos 3 años en mi vida, entonces alguien con menos de un año es muy reciente para mí—que hace poco me dijo “No me pegues, ¿por qué la violencia?”. En el contexto en que estábamos (platicando y bromeando, me dijo algo para darme guerra como “sólo oigo bla bla bla” o algo así e hice ademán de darle un zape, sin dárselo) no me parecía que lo mío fuera violencia. Sin embargo me dejó pensando, porque es cierto que aún de juego, yo esté muy a la defensiva con mis amigos hombres y que suelte un zape, un picarle las costillas o violencia verbal del estilo “eres un babas” o “menso” o hasta “idiota”.  Eso es violencia. Y es una forma en la que jamás trato a mis amigas. Ante el cuestionamiento de mi amigo me cayó el veinte: 31 años de estar a la defensiva me han hecho reaccionar de forma violenta ante los hombres, aunque sean hombres a los que quiero y en los que confío. Y eso está muy mal. Corte a la siguiente vez que estuve con dicho amigo y él me dio un leve zape con una caja vacía. De inmediato le dije “¿Por qué me atacas? Yo ya no te he atacado”. Contestó “Es cierto, perdón” y me abrazó. La violencia genera violencia que va permeando otros ámbitos. Mi reacción defensiva estaba llegando a mi círculo íntimo y resultando en que gente que no era violenta conmigo de repente lo fuera. Aunque se tratara de un juego, eso no está bien.

Leer a varias mujeres hablar de su primer acoso me hizo pensar en la cantidad de veces que alguien, generalmente un hombre, le quitó el peso a la acción diciendo que era exageración. Comentarios como “déjate querer” o “sólo te estás dando a desear” tuercen todo y solapan el acoso.

(*) Segunda nota al pie: Me parece que muchos de los comentarios del tipo “usted déjese querer” vienen del adoctrinamiento de las películas románticas donde la fórmula siempre es la misma: chico conoce chica, uno se enamora del otro (originalmente siempre era el chico, pero ya ha cambiado) y persigue al objeto de su amor de una forma insistente, a veces con mentiras, hasta conseguir que lo pelen. Entonces, hacer como que no nos interesa, decir que no queremos, pareciera una estrategia para fomentar la insistencia del otro. Pero ¿qué creen? No lo es. Simplemente porque no es no. Y así como los hombres saben lo que quieren, las mujeres también lo sabemos. No necesitamos que nos enseñen, nos eduquen o nos convenzan. Cuando una chica dice que no está interesada en un hombre, es en serio. A mí me dio mucho coraje hace poco que me quejaba de que alguien que me acosó en mi último trabajo de oficina ahora me buscaba vía Facebook “¿creerá que ya se me olvidó?” escribí. Uno de mis contactos me dijo que no me hiciera del rogar. Hombres, en serio que las palabras esas de Arjona “dime que no, lánzame un sí acorazado” no aplican.

Encima de todo, la educación es la que fomenta el acoso a grados que uno jamás esperaría. A las mujeres nos enseñan a andar a la defensiva, a cuidarnos, a no vestirnos provocativas—en mi prepa, escuela mixta y en teoría laica, teníamos prohibido (dentro de otras tantas restricciones en el código de vestir) usar playeras de tirantitos para no distraer a nuestros compañeros y a mí me costó dos años saliendo de prepa el atreverme a usar una de esas playeras sin sentirme culpable— a entrar al transporte público cubriendo el frente y la retaguardia (a veces hasta manos nos faltan para cubrirnos por completo, caray) y un largo etcétera de recomendaciones por nuestro propio bien. Mientras tanto, a los hombres les fomentan que son más machos entre más mujeres tienen en su haber. Y si ella no te pela es porque se hace la difícil, insiste. ¿A poco no eres suficientemente hombre?

(*) Tercera nota al pie: Uno de mis amigos me dijo hace poco que si lo que quería era que un hombre se interesara en mí, tenía que hacerlo sufrir. Plantearme como algo casi imposible de alcanzar (tampoco demasiado difícil, para que no perdiera el interés, pero no muy fácil porque entonces qué chiste) y la verdad enfurecí ante el comentario. No soy un trofeo y no voy a actuar como objeto del deseo de nadie, porque soy sujeto. Actuar de esa forma es seguir perpetuando el estereotipo del hombre macho cazador que insistió hasta que la mujer aflojó. Y esa idea de andar revisando cada detalle de cómo me visto para verme atractiva, pero no puta, pero no tan casta, pero no tan ofrecida, pero… me da mucha flojera. Me tomó dos años quitarme la programación de mi prepa, tengo el derecho a vestirme como se me dé la gana y no ser acosada por ello.

Hoy salen las mujeres a marchar, no para ser mártires, sino para darle voz a un problema que está bien enraizado en nuestra sociedad. Se está lanzando la luz pública a un problema serio. Cada que veo en las pantallas del metrobús “9 de cada 10 mujeres se sienten seguras usando el metrobús” me pregunto a qué 9 mujeres les han preguntado, porque sé que no es el sentir general y me ofende que lo tapen. Pero todo es cuestión de educación. De re-enseñarnos a no estereotipar desde que nacemos. A no solapar a los hombres (ah, mujeres, son las mamás las que más machos crean) y a no aterrorizar a las mujeres.

(*) Cuarta nota al pie: Cuando me cayó el veinte de que somos las propias mujeres las que más fomentamos el machismo, fue una dura cachetada. En ese entonces yo tenía 22 años y el papá de mi hijo me estaba poniendo el cuerno con otra niña. La cosa escaló de tal forma que mi entonces suegra se enteró y me dijo tan tranquila: “Tu deber como su mujer y madre de su hijo es aguantar. Él es hombre y va a buscar aventuras, pero siempre va a regresar a ti, porque tú debes esperarlo”. Pensé que me había caído en el siglo pasado o más atrás, quizá. Confronté a la amante, que cortó a mi ahora ex. Ello provocó que él llegara a reclamarme, preguntándome quién me creía yo como para intervenir en su vida. Mi ex suegra también se enteró y me regañó por no ser una buena mujer. Fomentarle a los hombres que por ser hombres pueden poner cuernos, casi cual derecho divino, mientras que las mujeres debemos aguantar vara es un absurdo. Uno de los muchos que con la educación que estamos dando ayudan a mantener el machismo.

Confío en que de menos, más mujeres vamos a alzar la voz. Que el #VivasNosQueremos no se quede en un hashtag y que las historias de acoso no sean sólo una mala anécdota de todas las valientes (porque actualmente se requiere mucha valentía para decirlo en voz alta, para no sentirse amenazada) que están alzando la voz. Las mujeres tenemos que generar una red de protección real (que lejos queden las ideas de que la peor enemiga de una mujer es otra mujer, por favor) e iniciar un cambio en cómo educamos a hijos e hijas: respeto para todos, porque lo merecemos. No por el género, sino simplemente por ser personas.

Veremos qué pasa después de hoy.

Mujer moderna

Entre más lo pienso, más me parece que la sociedad en general se ha timado a sí misma, creando sin notarlo unas trampas terribles que siguen manteniendo a las mujeres atrapadas en cosas quizá más estresantes (o sólo un nuevo tipo de estrés, no lo sé, no me consta) que el estrés de antes de que empezara el movimiento feminista.

Nací en los 80’s: para mí la educación ya era un derecho y el que las mujeres también trabajaran ya no era una excepción sino una constante en México, porque el sueldo de uno no alcanzaba para sostener a una familia de al menos tres o cuatro personas en la mayoría de los hogares.  Crecí con la idea de que no necesito un caballero que me defienda, ya que puedo hacer lo que yo desee. Mi primer desencuentro amoroso fue a los 17 años, cuando el niño que me gustaba me decía que podía salir conmigo mientras que nadie lo viera porque yo era “una nerd y podía arruinar su reputación” (nótese que él era un wannabe de ser cool y que toda la generación sabía perfecto que salíamos, pero bueno). ¿Ser inteligente y preocuparme por mis estudios era malo? Había crecido bajo la premisa de “Estudiar es tu única obligación” y que sólo estudiando podía ser alguien—aunque jamás me dijeron quién—en la vida.

Lo que no me dijeron, pero creo que fue porque nadie lo supo prever a tiempo, fue que mientras a las mujeres de clase media nos decían que podíamos hacer lo que quisiéramos, que éramos fuertes, que no éramos princesas, que podíamos trabajar, estudiar y ser amas de casa, a los hombres en el mejor de los casos sólo les dijeron que debían respetar a las mujeres. De repente los hombres se encontraron fuera de lugar.

De los pleitos más fuertes con cada uno de mis ex’s ha sido el “Es mi deber ser el proveedor” (palabras más, palabras menos, el mensaje central era ése). Pero ¿por qué carambas si yo no necesito que me mantengan? ¿No ven que soy una mujer fuerte, independiente, capaz y estudiada? Mientras que a las mujeres de mi generación nos alimentaron de esa forma las ideas, a los hombres les decían que deben ser fuertes, protectores, los proveedores del hogar… básicamente lo mismo que llevan generaciones enteras diciéndoles. Viene un choque cultural muy fuerte. Veo casos de hombres que quieren ser proveedores y al no poder serlo (porque la economía no da o porque simplemente la mujer no quiere) se frustran y ponen en juego una relación por encima de su orgullo. Ese veinte me cayó hace poco con un diálogo de la película The intern que, a mi parecer, refleja muchos conflictos de la llamada mujer moderna:

Jules: Here’s my theory about this. We all grew up during the “take your daughter to work day” thing, right? So we were always told we could be anything, do anything. And I think guys got, maybe not left behind, but not quite as nurtured, you know? I mean, like, we were the generation of “you go, girl.”We had Oprah. And I wonder sometimes how guys fit in, you know? They still seem to be trying to figure it out. They’re still dressing like little boys. They’re still playing video games. Well, they’ve gotten great. So…

Davis: I love video games!

Lewis: Oh, boy.

Jules: How, in one generation, have men gone from guys like Jack Nicholson and Harrison Ford to… take Ben, here. A dying breed. You know? Look and learn, boys. Because if you ask me, this is what cool is.

Lo malo es que ni siquiera ven que ser mujer moderna es una joda.

Tanto nos han dicho que no sólo podemos sino que —pareciera que es casi fundamental dentro del ser mujer liberada— debemos hacerlo todo al mismo tiempo que ser mujer implica vivir con una culpa eterna. Si una trabaja porque es necesario trabajar y mantener a los hijos, y por lo mismo deja a los hijos en la guardería desde pequeños, hay culpa. Si una no trabaja para dedicarse a los hijos, al menos en el primer año de vida, hay culpa. Si una, después de estar trabajando jornada completa (y no me vengan con que son 8 horas, porque entre ir y venir y lo que exigen las empresas las jornadas son de 10 a 12 horas mínimo) se siente cansada y no quiere hacer el quehacer, hay culpa. Y así podemos seguirle. Esa idea de ser Superwoman nos está matando. Un amigo mío me decía, en inglés por el juego de palabras, You can do anything, but you can’t do everything. Hace apenas un año lo acepté. Es cierto, puedo hacer lo que quiera, pero no todo al mismo tiempo. Y se vale. Puedo ser mamá, periodista, mi propia jefa, estudiante, los roles que gusten y manden Y cansarme por ello. Sigo siendo humana.

Pamper me

Lo malo es que parece que todo el tiempo tenemos que demostrarle a alguien que sí podemos. Sí puedo ser mamá y tener mi negocio y seguir estudiando y ¡vean! Leo 50 libros al año, tengo vida social y no me canso nunca. Yo he caído en ese error de comentar todo lo que hago casi al mismo tiempo pero ¿saben? Realmente me quería convencer a mí misma de que podía hacerlo todo, porque soy una mujer liberada y moderna. Error.

Pedir ayuda y necesitar descanso, apoyarse en alguien (familia, pareja, amigos) es válido. ¿Por qué seguirnos matando en ese afán de hacerlo todo al mismo tiempo? No somos menos mujeres. Además, los hombres también necesitan que los apoyemos. De vez en cuando que ellos sean los que entren al rescate, no porque lo necesitemos las mujeres, sino porque ellos pueden ayudarnos.

Tengo un amigo con el que platico mucho. Varias veces me ha dicho “A ver, ¿quieres que te escuche o quieres una solución?”. Diez años de conocernos nos han llevado al entendido de que él, por naturaleza, va a tratar de solucionar lo que sea que yo le plantee. Así fue programado: los hombres deben dar soluciones. Hemos llegado al entendido de que si bien muchas veces yo necesito verbalizar las cosas porque así me entiendo, cada equis tiempo dejo que me diga qué cree él que debería hacer. No es por hacer más a uno y menos al otro. Es por tratar de hallar el punto medio ante paradigmas que se contraponen.

La verdad yo tampoco sé bien qué va a hacer mi hijo en el futuro. Sé que lo estoy educando para ser independiente y para ser un hombre que respete a los seres humanos. ¿Eso funcionará? No tengo idea, porque hay muchos paradigmas añejos que no hemos roto y ahora arrastramos la joda de que ser mujer moderna es ser todo poderosa, cuando eso también es un error.