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He notado que escribo muy poco recientemente. Primero pensaba que era, como a todos les pasa, resultado del cambio en el orden de las cosas a partir de que empezamos a vivir una pandemia. El agobio, la ansiedad y el duelo mundiales me estaban comiendo viva, mientras trataba de mantener el orden en mi hogar. No ver a mi familia nuclear, poner buena cara para mi hijo, aprender a trabajar a distancia y a irme haciendo de lo que necesitaba para que el trabajo fuera funcional. Todas esas cosas me ocupaban la mente. Leer y escribir me costaba trabajo. Eventualmente esta situación que se ha extendido por casi dos años se volvió habitual. Me di cuenta de muchas cosas que clasificaba de “normales” que ahora me parecen una locura: los tiempos de traslado, cargar a todos lados una mochila cual segundo hogar a cuestas porque salía al alba de mi casa y volvía ya entrada la noche y un largo etcétera. Tras haber visto que es posible lo que me dijeron que no se podía (trabajar desde casa para una oficina que me da todas las prestaciones que pude sólo soñar antaño y crear un balance un poco menos caótico entre vida personal y laboral), no concibo “regresar” a lo de antes.

Y ese antes incluye algunas concepciones sobre mí misma y mi vida.

Hoy desayuné con una amiga del trabajo y me hizo un comentario que varias personas ya me han hecho. Cuando mencioné algo sobre mi novio y el tiempo que llevamos siendo pareja, ella abrió los ojos grandes y me dijo que juraba que mi relación llevaba más tiempo. Al parecer, el cómo hablo de H y el cómo manejamos nuestra relación da la vibra de “madurez en relaciones” que se alcanza únicamente con el tiempo de larga convivencia. En el gran espectro de las cosas, llevamos un año y meses de conocernos y 9 meses de ser pareja. Eso es poco tiempo comparado con cuánto llevamos de vida cada uno, por ejemplo. O con la vida de mi propio hijo. Es poco tiempo incluso comparado contra mi carrera en publicidad digital. Sin embargo, me parece que precisamente el haber creado una relación en lo que parece el fin del mundo como lo conocíamos nos ha ayudado a ver muchas cosas de forma similar.

He notado, insisto, que escribo muy poco recientemente. Mi mente ha estado entre la saturación de un exceso de trabajo y este perpetuo modo survival que inició en marzo de 2020 y no ha parado. Al mismo tiempo, desde marzo de 2021, mi mente está maravillada por mi relación con H. Todo eso que pensé que no podía pasar en mi existencia, ha pasado.

Todavía me encuentro sorprendida por tener el apoyo de mi pareja cuando le hablo de mis proyectos. El que lea como si no hubiera un mañana no le parece una pérdida de tiempo y el que sueñe con publicar mis libros le parece un gran objetivo. Ustedes podrán decir que eso es lo normal ¿no? Una pareja que te apoya y que está contigo en tus ocurrencias. Pero yo vengo de relaciones en las que me era reclamado que mi prioridad no fuera el otro. La figura de mujer devota ama casa jamás ha sido lo mío. Particularmente por la parte de sumisa. Anteponer al otro a mi propia felicidad no me nace fácilmente, no por motivos egoístas, sino porque desde hace mucho intuyo que si yo no estoy bien, no puedo ofrecerle nada al otro. Si la depresión me dejó algún aprendizaje en mis 20’s, fue ése. Y para estar mentalmente estable, necesito crear. Para crear, necesito espacio, tiempo, lecturas, música. Siendo madre soltera, esas cosas fueron por mucho tiempo, lujos difíciles de conseguir(me). Luego me mudé, porque mi trabajo me lo permitía, y fui creando mi espacio de trabajo y mis rituales de unwind en mi propio tiempo. Llegué a pensar que esa misma necesidad de mis espacios y mis tiempos iba a ser motivo de una soledad inevitable. ¿Qué hombre iba a querer estar con una mujer así? Con un pie en la tierra y el otro en las nubes, creando historias, navegando entre letras, siempre pensando en el siguiente proyecto.

Me di cuenta de que no terminaba mis proyectos literarios porque me daba miedo: una vez que estén allá afuera serán una declaración de la mujer escritora, independiente, que no necesita ser salvada, una afrenta al mundo heteronormado. Una declaración de guerra contra el género opuesto que en dos o tres ocasiones, desde rostros y voces distintas, han intentado frenar mis letras. Desde el que para entenderme hay que leerme, y leerme es hiriente, hasta que para qué escribo si es sólo un desperdicio de papel y tinta, he escuchado de todo como freno para mi impulso creativo.

Esa necesidad de contar historias me viene desde hace muchos años. Mi madre aún guarda los cuentos que escribí e ilustré estando en primaria baja. El primer taller de cuento al que asistí fue a mis 10 años. En el taller más reciente, tomado en septiembre y octubre de este año, me dijeron que proyecto en mis cuentos una feminidad steampunk que se burla del status quo a través de una crítica que se ancla en el humor. Escribo esas palabras para no olvidarlas, porque yo por mi propia pluma jamás me habría clasificado así.

Escribo poco por dos motivos: por mis proyectos de letras y por mi relación. He notado que me vuelco mucho a mi diario para escribir todo lo maravillada que estoy por estar con H. Sus detalles no dejan de asombrarme porque es lo que siempre anhelé y pensé que no podría tener. Puedo llegar a él como náufrago que llega a tierra y sentirme segura. Así se lo dije a él: es mi lugar seguro. Porque procurarnos, ver que el otro esté bien, recordarnos beber agua y comer sano es parte importante de nuestra relación. Pero su bien todo eso me encanta y quisiera (podría) cantar sus alabanzas sin parar, quiero guardar eso como el lugar seguro y personal que es para ambos. Vivir el presente.

Al mismo tiempo, mi modo survival me hizo aceptar más trabajo del que era sano. El miedo a no poder pagar mis tratamientos médicos, derivados de un diagnóstico que me dieron en marzo de este año (casualmente inicié tratamiento al tiempo que iniciaba relación) accionó en mí esa imposibilidad a negarme al trabajo extra que cayera, aunque fuera irónicamente en contra de mi propia salud. Hoy con el agotamiento del burnout que me provocó trabajar a marchas forzadas por más de tres meses seguidos, me doy cuenta de que ciertos lazos del pasado me detuvieron. Con ese agotamiento ¿quién iba a tener cabeza para escribir? Me decía a mí misma que no iba a iniciar nuevos proyectos hasta no cerrar los que ya tengo. Pero acabando mis días a las 9:30 p.m. o 10:00 p.m., lo que menos deseaba era escribir.

En el marco del maratón de lectura #GuadalupeReinas que desde hace cinco años organizan las chicas de Libros b4 Tipos, la pregunta central ¿qué es la lectura? me ha hecho cuestionarme al mismo tiempo qué es la escritura y qué se requiere para poder escribir.

Recientemente leí el ensayo “Dentro del bosque” de la editora y escritora Emily Gould, donde narra las desventuras de querer ser una escritora versus la necesidad de pagar cuentas y sobrevivir en este mundo inclementemente capitalista. Hace poco le hacía la broma a H sobre que ya estoy vieja para ganarme una beca FONCA (para escritores de menos de 30 años) o para conseguirme un sugar daddy y poder dedicarme a mis proyectos de escritura.

Quizá tengo demasiado idealizado, como modo de autosabotaje, el tipo de espacio y momentum que necesito para crear. Cuando en prepa podía escribir un cuento por día con la mano en la cintura, hoy eso me parece imposible con la carga mental de lavar ropa y trastes, cocinar sano para bajar de peso, tomar mis medicamentos, hacer ejercicio, trabajar y pasar tiempo de calidad con los míos.

Dejé de pelear por esos espacios.

Porque con H no tengo que pelear para ganar mi tiempo y mi espacio: él lo respeta. ¿Y cómo se rompen los hábitos tan arraigados? Si no tengo que pelear por mi espacio, ¿ahora qué?

Para empezar, mis letras no tienen que ser un pleito ni contra mí misma ni contra mi mundo, eso es un hecho. Se trata más bien de dejar ir el PTSD emocional relacionado con el dinero, una guerra en la que viví por muchos años. Hoy no tengo que tronarme los dedos pensando si llegaré a final de mes y si podré darle comida a mi hijo. Ya no tengo que decir que sí a cada trabajo que me ofrecen, porque mi salud (física y mental) son más importantes que el miedo a que ya no me busquen para más trabajo.

Creo que hoy puedo seguirme dedicando los espacios, incluso con más calma que antes porque son espacios seguros. Estoy acompañada por mi pareja, por mi hijo y por mis amigos cercanos. Para ninguno de ellos es una locura que escriba. Por el contrario, la locura radica en no hacerlo.  Veamos qué tal va el 2022, sin cargas mentales que me frenen. Seguiremos escribiendo.

“Sigues muy sorprendida” me dijo hace poco una amiga cuando le contaba algo, quizá nimio, de mi relación.

Para mi círculo cercano, mi relación no es novedad: han contemplado el proceso de enamoramiento y de inicio de relación de pareja de cerca. Para el mundo digital, en cambio, mi novio es una mención o una letra (H) de vez en cuando, en la newsletter como el culpable de muchas películas que veo, en algunas fotos de Instagram como el que me acompaña a salir de la ciudad y nada más. Es raro que comparta fotos de nosotros ni canto sus alabanzas a cada rato en mis diferentes canales de social media. Existen varios motivos para esto: si bien llevo una vida muy “pública” en realidad intento que sean mis intereses y mi trabajo lo que luzca ahí y no tanto mi vida personal, porque entre más me dedico a redes sociales, más claros me quedan los riesgos de compartir absolutamente todo. Échenle que tanto una de mis mejores amigas como H se dedican a ciberseguridad y bueno… Además de que mi relación me tiene tan fascinada que procuro estar presente y vivirla en lugar de reportarla al mundo.

Pero llevo un rato dándole vueltas al “sigues muy sorprendida”. Porque es cierto: sigo maravillada por tener una pareja como H. Y como yo sólo me entiendo escribiendo, heme acá tratando de trazar el por qué de mi sorpresa, más que nada porque creo que hay detalles que son relevantes.

El amor romántico y desechable

En una sociedad de fast love (retomando lo que plantea Adrián Chávez), donde predomina el amor romántico que tanto hemos interiorizado gracias a los productos de cultura pop, existen expectativas e ideas que alteran mucho cómo nos relacionamos. Dentro del set de ideas que trataba de desechar, pero que tenía muy sembradas en mi interior, estaba el que ser como soy era malo. Esa es la versión corta. La versión larga era: siendo una mujer tan terriblemente inquieta, con necesidad de siempre estar creando, y ser tan independiente (sin necesidad de ser salvada) no me hacía digna de tener pareja. Porque el hombre está para salvar, procurar y proveer ¿no? Y si no hay necesidad de que me salven, ni me procuren ni me provean ¿qué persona me va a querer como pareja? Súmenle el que soy mamá soltera, así que “vengo en paquete”.  Aunque el venir en paquete no me hace “anhelar el rescate”. Me identifico más con la bruja que con la princesa del cuento. Mi abuelita, tratando de echarme porras, alguna vez me dijo que todo eso que admiraba de mí, mi independencia, la forma en que siempre he buscado salir adelante, el que no me quedo callada, es precisamente lo que iba a hacer que muriera sola.

Si bien no iba por la vida buscando pareja y hace mucho decidí que juntar dos soledades no más hace una mucho más grande, bien que mal el que te repitan constantemente ciertas cosas hace que uno acabe preguntándose ¿tendrán razón? ¿estoy mal configurada por no soñar con una boda como fin último en mi vida? Mi psicóloga me recomendó leer a Coral Herrera y al leerme “Mujeres que ya no sufren por amor” vi verbalizadas muchas cosas que intuía pero no acababa de definir.

Al sistema patriarcal en el que vivimos le conviene mantenernos a las mujeres enajenadas buscando el amor romántico, ese príncipe azul que aunque al conocerlo sea un patán, cambiará por amor verdadero; mientras que los hombres son educados para estar ajenos a los sentimientos y las emociones que son “cosas de chicas”. Si desde pequeños nos segmentan y nos enseñan a querer de formas distintas ¿qué oportunidad tenemos al crecer? Las expectativas de lo que es una pareja es muy diferente y por supuesto, eso impacta en las relaciones. Además, no olvidemos: el “y vivieron felices para siempre” involucra a una Cenicienta que se casa a los 15 años cuando la expectativa de vida eran 30. Pero al cambiar la sociedad, tanto por los avances médicos como con los feminismos, esos paradigmas empezaron a quebrarse.

Cuando cumplí 30 años empecé a sentir el peso social de no haberme casado aún. A pesar de que el matrimonio nunca ha sido una meta en mi vida. Varios de mis amigos se empezaron a casar y me sentí ajena, no por no estar casada, sino por no encontrar mi camino en las normas sociales. Tantos años que luché por mi libertad, por poder crear mis lazos con mi tribu, por poder dedicarme a escribir y trabajar desde casa al menos la mayor parte de mi tiempo… ¿quizá sí tenía que dedicarme a un trabajo godín y ceder en mi forma de ser?

 

La mínima decencia humana y muchísimo cariño

Aprender a defender cómo es una en esta sociedad que corta tanto la creatividad es complicado. Yo estaba hecha a la idea de que eso implicaba sacrificios, como no tener pareja. Pero también había aprendido que el amor no es nada más el de pareja y repartía mis afectos con mis amigos, mi familia y mis pasiones. Escribir, leer, crear siempre me han movido. Soy de esa extraña cepa de humanos que desde muy pequeños saben qué aman con todo su ser y buscan mantenerlo cerca de sí toda su vida. A los 8 años supe que escribir y dar clases eran esas cosas que no podía soltar. No sabía si iba a poder vivir exclusivamente de ello, pero podía intentar con todas mis fuerzas.

En el camino he topado con obstáculos. El novio que me dijo que mejor aprovechara mis habilidades para relacionarme con la gente para lograr echar a andar el negocio que él había puesto en vez de seguir adelante con mi revista. Mi padre constantemente diciéndome que cuándo iba a madurar y hacer algo productivo, que cuándo iba a ser una proveedora real para mi hijo. El novio que ante cualquier comentario de las cosas que me desesperaban de mi trabajo me decía que si ya iba a renunciar a la publicidad para hacer algo real. Él era el mismo que me decía que por qué insistía en escribir si ya estaba todo escrito y seguro no iba a poder aportar nada nuevo. Y el mismo que me decía que por qué siempre estaba pensando en el siguiente proyecto. A veces me veía tentada a pensar como un amigo mío: hay tres pilares en esta vida y si logras que dos jalen estás del otro lado. Esos pilares, según mi amigo, son trabajo, familia/amigos y pareja. ¿Tener pareja me iba a obligar a estar en un pleito constante con lo demás de mi vida? Así no juego. Una pareja que no me aguanta cuando estoy con mis amigos porque lo desesperamos (sí, sí pasó), ¿es una pareja con la que yo quería estar? O una no-pareja que me buscaba cuando estaba aburrido y a veces se arrepentía de buscarme y me dejaba plantada. Sentía que así era la vida y que por ser como soy no iba a lograr gran cosa en el ámbito romántico.

Cuando conocí a H, ya lo he dicho antes acá, no tenía intenciones románticas aunque quien nos presentó intuía que podía haber un match. Tal vez eso ayudó a que yo me presentara con la desenvoltura y desfachatez de la que soy capaz: esto soy. Una mujer alborotada de mente inquieta, que ríe a carcajadas, come con ganas, siempre está escribiendo una historia en su cabeza y planeando qué más crear. En lugar de espantarse, H se quedó. Cuando me quejaba del trabajo con él, entendía la diferencia entre verdadera molestia o incomodidad vs los quirks de mi rubro de trabajo. Cuando le contaba de mis proyectos me preguntaba más. Y, en palabras de mi hijo, me demostraba la mínima decencia humana. Me escuchaba no para resolver mi vida, sino para conocerme. No me dejaba regresarme sola en Uber a mi casa, sino que me daba aventón.

Mis estándares estaban bajo alfombra y mucha de mi sorpresa actual con mi novio se debe a que me ha ayudado a entender qué es lo mínimo indispensable en una relación (y luego un mucho más). Sentirme apoyada por él ha sido algo refrescante porque es la primera vez que siento ese respaldo incondicional para con mis ideas por parte de mi pareja. Mis amigos siempre lo han hecho. Mis ex-parejas, no tanto.

Sigo sorprendida a veces para mal, ¿cómo es que acepté tan poco? Sí, la frase aquella de The perks of being a wallflower es muy cierta: We accept the love we think we deserve. Pero también sigo sorprendida por todo lo que estoy aprendiendo al lado de H sin que él se ponga en plan de “ay, niña inculta, te voy a enseñar”. Me ve como su igual y vamos compartiendo la vida.

Sigo sorprendida por el daño que nos hace la sociedad y las expectativas de los roles sociales, porque por muy visibilizados que yo los tuviera, me seguían azotando. Y Sigo agradecida por la enorme belleza de poder ver que hay mucho más allá de esas paredes que nos traza el amor romántico. No se trata de dividir la vida en clusters y apostar porque algunos jalen para decir “vamos de gane”, se trata de recordar que somos seres complicados. No nos define ni el estatus de relación, ni la carrera, el trabajo o los ingresos. Hay muchas más aristas.

Pero ante todo lo importante es que sí es posible hacer que todas esas aristas compaginen con el plan de vida en pareja. Sí es posible que alguien no sólo reciba el cariño que le doy sino que me quiera como soy.

Agradezco mucho esta etapa de mi vida, donde si bien el enamoramiento sigue a todo lo que da, también me ha roto esquemas, me ha enseñado cosas y ha aportado mucho a mi vida. Y ojalá esa capacidad de asombro no se acabe.

Viernes, 30 de abril, 2021.

Mi día ha fluido medio atropellado. Desde las 2 de la tarde he estado en juntas sin parar ni siquiera para comer. No es sino hasta pasadas las 6:00 p.m. que puedo detenerme para agarrar bocado, antes de mi taller de las 7:00 p.m. En esa pausa me llega un mensaje de H.

“Acabo de agregar varias canciones divertidas a nuestro playlist, pueden ayudarte a relajarte”

Sonrío al leerlo y corro a Spotify a revisar nuestro playlist que ya contiene casi 300 canciones y dura al menos 20 horas. Pongo la música y me relajo. Topo con una de las versiones de “Over the rainbow” que más me gustan en la vida y mensajeo a H para decirle que amo esa versión y contarle lo que me hace sentir la música.

Nuestra relación se ha ido construyendo así: con mucha música, una plática constante sobre lo que nos pasa, lo que nos gusta y particularmente, sobre lo que sentimos. Creo que desde hace meses no hay día en que no me sorprenda algún detalle, si gustan ínfimo, que H tiene conmigo.

“Descansa, por fa, ha sido un día súper brutal”, me dice cuando le aviso que mi taller ya terminó y sólo puedo pensar en lo afortunada que soy de estar con alguien que me procura así. Mis amigos (los del trabajo y los de toda la vida) ya deben alucinarme un poco, porque les comparto con frecuencia ese asombro. Quizá lo que nadie dimensiona es que la raíz de todo mi asombro es la enorme y hermosa capacidad que aún tengo de querer a alguien de forma tan profunda y entrañable.

H, por si no lo han adivinado, es mi novio.

Nos conocimos en medio del fin del mundo. Y si las circunstancias no bastan para estar asombrada por estar loca por él, entonces la inconmensurable profundidad de los sentimientos que me despierta debería.

Esta bella capacidad de amar(se)

Suena a cliché desgastado decir nunca me había sentido así, como salido de una canción de amor pop, pero no lo es por el simple y llano hecho de que jamás me había sentido tan cómoda conmigo misma. Mi historial de parejas no había sido el mejor, pero pienso mucho en esa frase de la película “The perks of being a wallflower”: aceptamos el amor que creemos merecer. Y cuando una tiene la autoestima a la altura de bajo alfombra, cualquier migaja es suficiente.

No sé en qué momento al fin empecé a creerme lo que amigos y familia me decían: vales muchísimo, Nerea. La terapia psicológica también me ayudó a darme cuenta de que contar mis fortalezas y notar mi resiliencia no era soberbia sino simplemente visibilizarme a mí misma.

En mi narrativa personal he buscado no retratarme como víctima, sino como superviviente. Relaciones de abuso en todos los niveles, ser madre soltera en un país machista y jodido como la fregada y aún así poder mantenernos a G y a mí son logros que no uso como pretexto para tratar mal al mundo, sino como recordatorios de que debemos ser bondadosos con los demás. Sería mucho más fácil ser una porquería de persona y justificarme diciendo que he tenido una vida muy difícil. ¿Qué ejemplo sería ese para mi hijo? Además, eso habría alejado a todos de mí y mucho de lo que he construido se basa en no estar sola: me acompaña mi tribu con la que estoy eternamente agradecida.

Creo que fue ahí. En el momento en que aprendí que el amor tiene muchas caras y no sólo la de pareja y noté el enorme amor que me rodea todos los días cuando empecé a verme como me ven los demás. Me gusté y hasta me enamoré de mí misma (no en un sentido narcisista, claro). Lo irónico es que en ese instante pensé que no tendría pareja o que sería muy complicado que alguien quisiera aventarse a ser mi pareja (¡ay, ese lenguaje! “aventarse” como si fuera un peligro, un riesgo, una locura quererme).

Mis ritmos, mi vida, el disfrute de mi soledad, la cantidad de proyectos que traigo encima: todo eso, como vestigios de discursos del pasado, lo veía como grandes fortalezas y al mismo tiempo, grandes motivos para ahuyentar a cualquiera porque ¿quién iba a querer a una mujer independiente, inquieta y creativa? Soy la mujer a la que le han propuesto matrimonio como forma de silenciarla y aquietarla, por ejemplo. Soy a la que intentaron romper porque sus proyectos eran demasiado y sería mejor que esa inquietud la canalizara a proyectos ajenos “si de verdad te importa la relación”.

Pero me amaba y amaba mi vida, mis amigos, mi familia, lo que había construido. Me sentía feliz con todo lo logrado y si no estaba en los hados el amor de pareja y sólo iba a tener el amor filial y platónico, so be it. No me podía quejar.

Las conexiones inesperadas

Un día platiqué con un amigo sobre que me veía sola a partir de mis 40’s, pues G cumplirá mayoría de edad en ese periodo de mi vida y lo he criado para la libertad. Mi hijo tiene planes mas grandes que los míos y desde ya está construyendo muchas cosas, entonces sí lo veo alcanzando ciertos niveles de independencia muy pronto.

No lo decía con pesadumbre o nostalgia por algo que aún no ha ocurrido, lo dije con la seguridad de la aceptación que me da el gustarme tal como soy y con todo lo que hago. Pienso en mi mamá, con su casa, sus tiempos, su vida propia ahora sin mi papá. Y lo veo como algo padre: saber estar con una misma.

Mi amigo en cambio, creo que lo vio como algo triste. Me preguntó si estaba bien si me presentaba a alguien. Se me hizo una propuesta curiosa dado que el mundo se estaba cayendo a pedazos. Pero acepté. Lo que no esperaba era que fuera una presentación tan inmediata: un grupo de Whats, un mensaje de mi amigo haciendo las presentaciones y luego saliendo del grupo, dejándonos a H y a mí varados ahí.

Podría haber sido raro, incómodo, un chat silenciado por el ghosteo propio de no saber cómo interactuar. Sin embargo, la plática fluyó con una facilidad asombrosa. Y no se detuvo, ni ese día, ni los que siguieron. Fuimos encontrando varios puntos en común. Desde el inicio, me desbordé con todos los colores y los niveles de intensidad que habitan en mi ser de bruja morada. En mi cabeza, más que prospecto de pareja, H era una posibilidad de nueva amistad. Quizá por eso fui tan desfachatadamente yo al platicar con él.

Empezamos a hallar puntos en común: gustos musicales amplios (aunque los horizontes musicales de H son mil veces más amplios que los míos), jugar rol, leer fantasía. Un día de noviembre le propuse vernos en persona. Ya nos habíamos visto en videollamada porque empezamos a jugar rol (y su voz me fascinó desde la primera vez que la escuché). Él aceptó y nos vimos para cenar en su casa. Fue tan sencillo platicar con él y sentirme cómoda, que me sorprendió que no me espantara. Mi reacción pavloviana ante el sentirme vulnerable es la de correr. Pero mis ganas de conocerlo más le ganaron al miedo.

Volvemos al nunca me había sentido así: H no me causaba ansiedad, no sentía la necesidad imperativa de ocultar partes de mi forma de ser para evitar espantarlo. Y fue, felizmente, mutuo. Le presenté a lo largo de los meses mis sentimientos tal cual eran. Incluso cuando la vocecita mala onda (¿pensaban que no iba a hacer acto de presencia?) trató de tumbarme diciendo que era demasiado encimosa al buscar verlo con frecuencia, se lo dije directamente. No me tildó de loca. Por el contrario, tras meses de charlar e irnos conociendo, me dijo “Qué bueno que sé a cuáles de tus amigos llamar para que de un chanclazo acallen esa voz”.

En algún punto de febrero le dije que me gustaba. No estaba segura dónde estaba parada porque él es serio e introvertido. Felizmente estábamos en la misma página, pues yo también le gustaba.

El hecho de ser tan abierta con él ha traído muchas cosas bonitas a mi vida. Me conoce bien y puede llenar los espacios en blanco en nuestras conversaciones. Entiende mis ritmos de trabajo, de acelere con mis proyectos y si bien no trata de frenarme, me recuerda la necesidad de descansar y cuidarme. Con todo mi desorden hormonal y el primer mes de tratamiento tuvo mucha paciencia (y me recordó al mismo tiempo ser paciente con mi cuerpo). Yo también he ido conociendo qué cosas le emocionan y lo mueven. Contemplo con fascinación cada que me platica de sus pasiones y disfruto que me haga cómplice de sus planes.

Hemos conectado desde la honestidad y el cariño se dio de una forma muy natural. Estoy contenta. No, en realidad estoy eufórica. Siempre nos dicen que la comunicación es la parte más importante de una relación, pero apenas lo estoy viviendo. Qué bonito haber llegado a este punto de la vida. Qué maravilla la emoción que me provoca armar planes con él y pensar que al fin nos encontramos.

Se me desborda lo cursi y no me importa. Mi Instagram se ha llenado de fotos que son viñetas de la construcción de esta relación: cartas selladas con lacre, comida preparada con cariño, granjearme el afecto de Spike.

¿Lo mejor? No he sentido esta necesidad de gritar a los cuatro vientos que estoy en una relación, como en busca de la validación del resto del mundo para algo que es íntimo y personal. No creo que sea necesario que el mundo digital lo sepa todo: mi tribu ha presenciado paso a paso el cómo me fui enamorando y eso me basta. Ha sido un lazo creado en la intimidad de lo cotidiano, convirtiendo el día a día en algo extraordinario. Disfruto mucho del asombro de los detalles sencillos y todo lo que él y yo hemos armado entre nosotros, en la privacidad de nuestra burbuja.

Entonces, ¿por qué escribes esto, Nerea?

Porque quiero poder regresar a las emociones del inicio más adelante. No soy tan ingenua como para pensar que la euforia será eterna. Sin embargo, la aprovecho para dejar huella de su existencia. Me narro para entenderme y conocer mi propia historia.  Esto es un pedazo muy importante de lo que estoy construyendo actualmente y de quien soy.

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He estado muy callada por acá. Han pasado tantas cosas que no sé bien cómo ponerle orden a mi cabeza. De entrada, al fin me aventé a tener un sitio .com para formalizar un poco más mi chamba personal. Pero también he tenido una cantidad de altas y bajas como para enloquecer tres veces.

No me considero especial en el sentido de que sé que en medio de la contingencia sanitaria que una pandemia nos representa, todos estamos en mayor o menos grado con la sanidad mental en el borde de la locura. Y no lo digo como hipérbole. Varios de mis amigos más cercanos están francamente deprimidos, los psicólogos que conozco traen trabajo como para dar y repartir, muchos de mis cercanos están tomando antidepresivos o tienen problemas como insomnio, gastritis, sentirse abrumados, etcétera. Me atrevo a decir que tenemos dos contingencias sanitarias: la del covid-19 y la de salud mental.

Y yo me había alejado un poco de la escritura porque, a pesar de todo, me siento afortunada. Eso me causaba una sensación de culpabilidad enorme. Algo en la cercanía del Síndrome del Superviviente, si gustan. También puede que tenga que ver con esa palabra que ya han desgastado hasta el cansancio en redes sociales: privilegio. Si les hacemos fusión, podríamos hablar de lo que llamo el Síndrome de la Culpa del Privilegiado, 100% inventado por mí y no catalogado.

¿Culpa del privilegiado?

¿Cómo es que me atrevo a inventarme terminología? Ténganme paciencia: nombramos las cosas para conocerlas. Y si narro lo que pasa, puedo entenderme mejor. Ya lo decía Olivia Teroba en Un lugar seguro:

“Narrar es habitar, a través de la palabra, nuestro tiempo. No me refiero solo a la literatura, también hablo de nuestras anécdotas cotidianas, comenzando con los recuerdos.”

 

Dividamos las dos partes de lo que compone mi nuevo término para entendernos.

El Síndrome del Superviviente se refiere a la culpa que alguien siente por vivir, particularmente tras una tragedia, un atentado o similares. Se empezó a categorizar entre supervivientes del Holocausto. Va de la mano con creer que se pudo hacer algo más por la persona que murió para evitarlo, aunque no sea algo factible. Se ha visto en personas que sobreviven tiroteos en las escuelas y gente que sobrevivió en México a los sismos del ’85 y el 19S entre otros. Sus síntomas varían y se pueden conectar con los de Estrés Post Traumático, por lo que no siempre es tan fácil de identificar.

Por otro lado, el privilegio es una palabra que ha sonado mucho en redes sociales y que se ha utilizado desde la sociología para tratar de generar conciencia y cambiar ciertos patrones. Conecta, principalmente, con las facilidades que puede tener un hombre, blanco, heterosexual en la sociedad actual. La verdad es que lo explican bien en este texto de Letras Libres. Sin embargo, la palabra ha surgido con más fuerza durante la contingencia sanitaria por todo lo que ha conllevado.

Como bien dicen acá, es muy fácil juzgar a los que salen a la calle y no siguen la idea de quedarse en casa en plena pandemia. Pero realmente ¿cuántas personas pueden seguir en casa y sobrevivir en un país tan fregado como México? No tantos.

Hace algún tiempo yo reflexionaba que era de las personas afortunadas que pueden trabajar desde casa y que nada les falta. Entra aquí lo que llamo la culpa del privilegiado. No me siento con derecho a quejarme de no ganar suficiente o de andar bajoneada o de extrañar a mis amigos si soy de las personas a quienes la vida no les cambió radicalmente: no me quedé sin trabajo, puedo estar con mi hijo y mi perrita, nadie cercano ha muerto por covid-19. ¿Qué derecho tengo entonces para sentirme mal? ¿Cómo puedo juzgar a los demás o sentirme mal si estoy sentada en la comodidad de mi casa, ante mi computadora, segura de que mi paga va a llegar y que puedo darme lujos sencillos como cuidar mi salud?

Nadie sabe enfrentarse a esta situación

Hace exactamente un año, mi psicóloga me dio de alta. El mundo se estaba cayendo a pedazos y yo me sentía muy afortunada porque estaba en un buen punto de mi vida: no me faltaba nada, podía trabajar desde casa, estaba en medio de un sprint creativo que dio a luz a varios proyectos que están por cumplir un año de vida y me han traído muchas alegrías. Me sentía en el mundo al revés, porque mientras el caos permeaba, yo tenía mucho trabajo como para pensar en eso. Y las veces que me podía frenar a reflexionar en realidad me sentía aliviada: sin tiempos de transporte y correr por la ciudad podía dedicarle tiempo a crear, cosa que siempre me ha hecho sentir viva.

El inicio del encierro por la pandemia significó para mi pequeña familia monoparental evitar que mi hijo requiriera antidepresivos al tenerme en casa y cambiar nuestras rutinas. El peso del cuidado del hogar ya no caía en mi pequeño de entonces 13 años y eso le quitó mucho emocional. Al ya no tener que correr por toda la ciudad, mis rutinas fueron mejorando: ya no era necesario salir a las 8:00 a.m. para volver pasadas las 10:00 p.m. a mi casa. Ahora puedo cocinar diario en lugar de, cansada y harta el domingo en la noche o entre semana tardísimo. Es decir, en general, mi calidad de vida mejoró.

Pero lidio con mucha culpa. A un año y cachito de estar enclaustrada extraño cosas sencillas como poder ver a mis amigos, salir a algún museo o no paniquearme cuando veo las mesas de un restaurante llenas. Añoro poder hacer zarigüeyadas donde con mi mejor amigo, su esposa y otra de mis mejores amigas cocinamos mientras platicamos, bebemos vino y reímos a carcajadas. Extraño las Ladies Night, ver videos absurdos, bailar y comer.  Quisiera poder salir con mi equipo de trabajo por una cerveza o armar una cena y platicar de la vida mientras estamos en un ambiente no laboral. Las pantallas ya no me son un paliativo para la falta de contacto humano. Las largas conversaciones de WhatsApp ya no sustituyen la charla en persona.

Me preocupa la capacidad de socialización de mi hijo, que ha crecido entre puro adulto y que es un tanto huraño (como era yo). Su único punto de contacto con chicos de su edad era en la escuela, lugar al que hasta que no cumpla 16 o surja una vacuna para menores de dicha edad, no lo voy a mandar.

Pero son preocupaciones vanas ¿no? Preocupaciones de alguien que tiene el privilegio de poder quedarse en casa, preocupaciones de alguien que se ha estado quejando de que no le alcanza para ahorrar, pero tiene para vivir. No debería quejarme, me dice la voz mala onda del fondo de mi cabeza. No tengo el derecho a sentirme mal cuando hay tantos sin trabajo, en la incertidumbre de qué harán si se llegan a enfermar o cómo llegarán a la siguiente quincena enteros.

 

El mundo se cae a pedazos y yo estoy en una burbuja sana y libre de peligro. No te quejes, Nerea. No tienes derecho.

Pero el asunto es que sí lo tengo. Mi salud mental como la de muchos, está sufriendo. El ser humano no está hecho para estar aislado, aunque sea un introvertido funcional como yo. Siempre he sido muy hogareña y tener mis libros y mis letras me basta para muchas cosas. Empero, tenía también el contacto de mi círculo cercano. Extraño a mi gente. Y es normal.

Todos estamos ante lo desconocido. No sabemos realmente cómo actuar porque es una situación nueva. Hay angustia, miedo, incertidumbre. Al cerebro no le gusta la incertidumbre. Somos seres sociales y de hábitos fijos. Es por lo tanto lo más natural sentirse desbalanceado de repente. Lo que no hay que permitir es que la culpa nos gane.

Hay días buenos y días malos. Tengo suerte: los buenos superan por mucho los malos en mi cuenta personal. Y eso no me hace mejor o peor persona. Darme cuenta de dónde estoy parada, nombrar lo que tengo, me ayuda a aterrizar los pies y no perderme en el loop obsesivo de mi cabeza.

Si ustedes se llegan a sentir como yo, sin el derecho a sentirse mal, esto es un pequeño recordatorio: está bien no estar bien. No le den cuerda a la voz mala onda, no vale la pena.

O lidiar con el duelo colectivo

Traigo una pena muy grande atravesada en el corazón y estos días no han hecho más que incrementarla. Desde más o menos Navidad he sentido al virus del COVID-19 más cerca, más tangible. En ningún momento, desde que en marzo de 2020 nos mandaron quedarnos en casa, he llegado a pensar que el virus sea falso, no me vayan a mal entender. Sin embargo, para mí seguía siendo algo lejano. Por fortuna, prácticamente todos mis cercanos podían quedarse en casa y lo estaban haciendo. Y quienes no podían se cuidaban muchísimo. Entonces me sentía en esta burbuja de seguridad: si seguimos cuidándonos nada pasará. Como mantra. Como escudo. Como canción de cuna. Todo está bien, nosotros estamos bien.

Cuando dejamos de estar en semáforo rojo, convencí a mi mamá y mi hermana de irnos a encerrar en una casa con alberca. No porque quisiéramos fiesta, sino que a medio año de estar encerrados necesitaba un poco de sol al menos, despejar mi cabeza, cambiarle el paisaje a mi hijo. Y estar con mi familia. Seguimos trabajando y agradeciendo cada segundo: tenemos un trabajo que nos deja estar en casa, tenemos salud, no nos falta nada.

Claro, me pesa mucho el no ver a mi gente. Mi círculo cercano es el oasis y una de las mayores bendiciones de mi vida. Ya en abril escribía sobre el duelo en que estábamos a nivel mundial. En ese texto menciono:

Para mí la felicidad siempre ha estado en mi pequeña red de apoyo, esas personas que han estado en las buenas, en las malas y en las peores. Sentirme lejos de ellos porque tenemos que estar en casa me tiene en un estado de constante agobio.

¡Y apenas era abril! Estamos a poco tiempo de llegar a un año de, en mi caso, estar trabajando desde casa. Eso significa también casi un año de no ver a mis amigos o verlos a la distancia, con cubrebocas, con espacio amplio entre nosotros y extraños rituales que nos impiden abrazarnos, bajar la guardia, estar en paz. En diciembre una de mis amigas me ayudó porque de alguna forma acabé de encargada de armar los regalos de Navidad para todos en mi oficina y necesitaba cajas. Mi mejor amigo dio con un lugar donde vendían cajas a buen precio y Male me dijo que me daba aventón para poder ir a comprarlas. Aprovechamos la ida para platicar. Diciembre siempre es un mes pesado para ella por su línea de trabajo. Cuando me dejó en mi casa me dijo que extrañaba eso, simplemente platicar. Sonreí, aunque no creo que se notara con mi cubrebocas, porque yo también extrañaba estar en el coche con ella, platicando de la vida.

Lo digital no quita la distancia

Paso mucho tiempo frente a la computadora. De mis mejores compras fue ponerle filtro para luz azul a mis lentes. Me sorprendió bastante que en 2020 no incrementara más que una cosa risible mi miopía. Tanto tiempo frente a la compu pensé que me iba a salir más caro en salud visual. Toda mi vida se volvió digital (como la de muchos, claro). Trabajo, juego de rol, reuniones de las Geek Ladies, Círculo de Lectura, clases…

Cuando llegó mi cumpleaños en octubre no quise hacer yet another reunión virtual. Parecía berrinche y muchos me dijeron que simplemente era una más en la lista de cumpleaños arruinados. Pero (y perdón gente de marzo, abril y mayo) el desgaste mental para octubre nada que ver con los primeros cumpleaños arruinados. La distancia pesa cada vez más y el cuidado de la salud mental nunca había sido tan importante.

Las pantallas me tienen cansada. Se vuelve un peso mayor para mi mente. Y está comprobado que es más complicado para el cerebro procesar las reuniones virtuales que las reales. No sólo por el tema del contacto humano sino por la cantidad de información que le estamos aventando al cerebro. En un reunión de Zoom o Meet, con las cámaras prendidas, son muchas cosas pasando al mismo tiempo en el mismo plano. En este caso, en la misma pantalla, y es un gran distractor para el cerebro. ¿A qué le pones atención? En persona volteas a ver a quien está hablando (o no) y tu atención se puede enfocar en un punto en particular.

Pero ¿no prender las cámaras? Doy clases y es horrible sentirte en sesión espiritista: le hablas al vacío y rezas porque alguien te conteste, por recibir una señal de vida y que todo lo que estás explicando está llegando a buen puerto. En el aula de menos puedes ver el interés, el aburrimiento o el vacío irredento de quien está soñando despierto reflejado en los ojos de los alumnos. Puedes decirles que por favor guarden el celular y pongan atención, puedes ver sus caras y relacionarlas con sus nombres. Me precio de tener buena memoria y poder crear una buena relación con mis alumnos. Hoy no les puedo decir más de ¿diez? ¿quizá quince si me esfuerzo? nombres de mis alumnos. Son los que participan. Son los que además de un nombre en la pantalla tienen una voz que identifico y que me hace ver que no estoy como merolico frente al vacío informático. Tuve 100 alumnos este semestre y no creo haber conectado con ninguno. Eso me entristece infinitamente. Una de las cosas que amo de enseñar es justo ver esa luz maravillosa cuando “cae el veinte” o algo cobra sentido en la cabeza de un alumno. Cuando todo lo que les digo llega y hace clic. Fue un semestre desgastante. Había un mundo de distancia entre mis alumnos y yo.

Esa distancia ya me pegaba demasiado como para querer una reunión más de Zoom o Meet para estar con mis amigos en mi cumple. Ese cansancio mental que propicia un día de más de 14 horas frente a la pantalla me quitaba toda la alegría de pensar en platicar con mis amigos. De hecho ha habido un par con quienes he preferido tener largas llamadas telefónicas (y miren que tras años de trabajar en call centers, prefiero evitar el teléfono como medio de comunicación) o largas notas de audio en lugar de más tiempo frente a la pantalla. Al menos escucharlos “hablándome al oído” los siento más cerca.

Este temor que no me deja

En Navidad falleció la abuelita de uno de mis amigos de más tiempo. Él también estaba enfermo. Fue complicado. Mis amigos y yo, los de la prepa, hemos enterrado ya a varios padres y hemos estado acompañándonos en los funerales. Luego supe que mi mejor amigo también estuvo enfermo, aunque prácticamente asintomático. Luego el hermano de una de mis mejores amigas. Y de repente: el COVID-19 está más cerca que nunca.

Esta semana van dos personas que mandan mensajes a chats grupales para insistir en que nos cuidemos. Primero fue mi jefe. Luego una amiga. El mensaje, palabras más o palabras menos, es el mismo: la cosa se pone cada vez más fea y de verdad debemos aprovechar que podemos estar en casa para, duh, quedarnos en casa y evitar contagiarnos. Y entonces, el miedo me atenaza porque cada vez es más tangible que la pandemia está lejos de acabarse.

Intento pensar en esto que por ahí del 3 de diciembre publicaba el Dr. Mauricio González en sus historias de Instagram:

Vale la pena seguirlo, su información es muy aterrizada, digerible y siempre comprobable

Hoy de plano no hallaba las ganas necesarias para vestirme. Coincidió que vi un post de Hitzuji donde decía que se sentía desanimada. Entendí perfecto el sentimiento. Si hoy hubiera podido cancelar el trabajo y quedarme en pijama todo el día, hecha bolita en mi cama, habría estado menos tristona, creo. Me obligué: me obligué a trabajar al menos un poco, a bañarme y vestirme, a hacer un poco de ejercicio incluso. Siento que no puedo dejarme ir por completo ante esta tristeza/angustia/enojo. Ante este duelo. Un duelo que se sigue extendiendo. Siento que no puedo seguirme descuidando, porque eso bajaría mis defensas y entonces hay mayor riesgo. No siempre voy a estar upbeat, claro. No es que quiera vivir en un falso optimismo. Está bien no estar bien. Pero no está bien descuidarme por completo.

Ahora pienso: ¿cuántos se habrán confiado, anclados en un pensamiento mágico, a que con el cambio de año esto iba a mejorar? Bien lo menciona Alberto Chimal en esta nota en su blog:

Podría parecer que no hace falta decir lo anterior, pero esta es una era de pensamiento mágico: no faltará quien crea que, dado que 2020 ha sido el Año Nefasto, el Año de las Catástrofes, el Año de la Peste y el Encierro, bastará completar la vuelta tradicional alrededor del Sol para apagar el interruptor de las tribulaciones.

En definitiva esto no se ha acabado y siento que más que nunca, no podemos bajar la guardia. Es poco probable, si pensamos en la estadística, que no nos contagiemos en algún punto. Lo importante es que no seamos todos al mismo tiempo, para que la atención en los hospitales alcance de verdad. ¿Y entonces?

Alguien explíquele a mi corazón apachurrado que esto eventualmente pasará, que de verdad estar en casa es lo mejor que puedo hacer para volver a abrazar a mis amigos, hacer cenas, beber vino con mi equipo de trabajo. Alguien ayúdele a mi cabeza a no cargar en segundo plano el estrés del miedo a enfermarme y que deje de darme migraña. Alguien dígame que de verdad podré abrazar a mis seres queridos y podré dejar de sentir este duelo que parece infinito y que hoy me ahoga el alma.

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Dice un dicho en inglés “It takes a village to raise a child”. No sé si todos lo han escuchado en la vida, pero tras 14 años de maternidad, puedo decirles que es muy cierto. Hace poco un conocido mío me decía que él sí quiere hijos pero que mínimo debería ganar $30K al mes para mantenerlo. Le comenté que me parece prudente pensar en las posibilidades y el futuro pero que no podemos ser tan cerrados con algunas cosas.

Cuando G nació yo no sólo no tenía trabajo sino que tampoco tenía ahorros. Supe de mi embarazo recién cumplidos mis 21 años. Todavía era estudiante de universidad y el futuro ante mí se veía muy oscuro. El papá de mi hijo no quería ser papá (y lo ha confirmado con su silencio de más de una década hacia nosotros—no es queja) y de cualquier forma, él tampoco ganaba la millonada.

Y de alguna forma, a pesar de todo el caos, he sacado adelante a mi hijo. ¿Cómo? Con toda una tribu a mi alrededor que nos procura sin importar lo que pase.

Mi aldea es mi tribu

No pretendo hacer un recuento detallado de todo lo que he vivido siendo mamá. Simplemente me interesa apuntalar que si estoy donde estoy es porque hay gente que nos ayuda de mil formas y porque, importante, he aprendido a aceptar la ayuda.

De hecho, creo que esa segunda parte ha sido más importante que la primera. Nos enseñan a pensar que debemos ser fuertes e independientes y que para mantener el orgullo intacto debemos poder solitos con todo. Es un enorme error. Independencia no implica andar solos por la vida. Como seres sociales que somos en realidad dependemos de los otros. No como si no pudiéramos con nada en la vida, no me mal entiendan, sino como un apoyo aunque sea psicológico.

No se imaginan la cantidad de veces que el simple hecho de quejarme con mis amigos de lo que me pasa me sirve para descargar mi mente y ver ocn mayor claridad. Recuerdo mucho hace casi un año que acabé mi última relación. Yo estaba muy desconcertada porque terminó de manera abrupta (yo la terminé) después de que él me ghosteara. Gracias a mit iempo en terapia pude decir “no merezco esto” y salirme de lo que iba derechito a repetir patrones de relaciones anteriores. Pero lo que más recuerdo es que le mandé varios mensajes de voz a varias amigas, llorando. No sabía si estaba más triste o enojada. Lo que sabía era que me sentía muy dolida. Y acababa mis audios con un “perdón por el mensaje largo” y “perdón por llorar”. TODAS me contestaron que no tenía por qué disculparme.

Expresar mis sentimientos y saber que no por ello me ven como menos es algo que me costó mucho trabajo y que sé que en esta sociedad no siempre se puede. Pero es muy liberador.  Rodearme de amigos que me entienden y que me quieren con todo y mis defectos, eso ha sido clave para generar la aldea en la que me gusta vivir. Eso y sanar relaciones con mi familia, claro.

La crianza no es individual, es colectiva

Si bien mi tribu me respalda y me han echado la mano de mil formas, nunca dejan de sorprenderme. La primera gran sorpresa es cuando veo que mis lazos emocionales siguen creciendo. Es increíble cómo no tenemos un límite en realidad: abrirnos y confiar desarrolla una habilidad para ser más émpatico y entonces, confiar más.

Este año se han añadido más personas a esa aldea, que me escuchan, me respaldan y me dan su opinión ante diferentes cosas. Gente con quienes trabajo, por ejemplo, me han echado la mano sin que yo lo pidiera. Y han puesto su granito de arena para que G siga creciendo como un muchacho feliz.

La otra gran sorpresa es cuando yo no sé para dónde hacerme, con cosas con las que no puedo conectar tan fácilmente (por ejemplo, visión masculina de la vida) y hay alguien dispuesto a ayudarme para darle una guía a G. Recién nos pasó que hubo un evento y le conté a mi amiga Ave al respecto. Ella lo comentó con su marido quien se ofreció a platicar con G. No vi venir eso, pero lo agradecí profundamente.

Poder contar con un colectivo que me ayude a enriquecer las experiencias y los puntos de vista de mi hijo es uno de los mayores cobijos que puedo tener en esta vida. Llevo años, añísimos como madre soltera, pero no estoy sola. Eso le contaba a un amigo del trabajo hace poco.

Y es que desde que acepté que no me hace débil tomar la ayuda que me ofrecen, las cosas han fluido mejor. Aceptar que nos ayuden nos hace más fuertes, nos da más apoyo y, créanme, mucha más tranquilidad.

Y no significa jamás repagar favores. Creo que los que me conocen saben que yo estoy al pie del cañón para ellos en el momento que se necesite. La retribución no es forzosamente económica o física, sino también emotiva y moral. Eso nos enriquece. Si una cosa quiero que aprenda mi hijo en esta vida es esa: armarse de una aldea que lo cuide y lo respalde. Saber que puede contar con alguien siempre. Crear lazos que nos vuelvan más humanos. Porque poder ser vulnerable con los demás nos fortalece a todos.

Imagen destacada de Christiann Koepke en Unsplash

El fin de semana pasado, fui con la Dra. Claudia Cázares a una consulta dermatológica. A Claudia (disculpen lo igualada) la conocí porque la entrevisté para mi podcast sobre Adulting 101 para platicar sobre el cuidado de la piel.

Hoy que abundan los llamados beauty bloggers, esos “expertos” en belleza simplemente porque aman el maquillaje, la idea de que cuidar la cara es más cosmética que salud se ha implantando más profundamente en nuestras cabezas. Esto es un problema porque en realidad es cuestión de salud antes que de belleza.

Levante la mano la chica que si le ardieron los ojos con una sombra o un rímel nada más cambió de marca, pero no fue al doctor porque no era nada grave. El cuidado de nuestra salud en general es reactivo y no preventivo. Es decir, nos esperamos a tener un problema de salud grave antes de acudir al médico. Yo soy de esas personas y peor, porque tengo un umbral al dolor muy alto. ¿Qué significa eso? No siento el dolor como las personas normales. Para que se den una idea: llegué caminando yo sola a la clínica cuando me “molestaba un poco el tobillo que me torcí” y resultó ser un esguince de segundo grado. O lo que parecía una cistitis (infección de vías urinarias) ya había llegado a riñones porque no me dolía, sólo me sentía cansada –si me lo preguntan, en la época actual el cansancio ni debería contar como síntoma cuando ya es algo crónico.

Sin embargo, desde el año pasado me prometí cuidar más mi salud y hacerlo en la medida de lo posible algo preventivo. En particular porque me gustaría que mi hijo tuviera mamá por muchos años. Eso y que me gusta mucho vivir y odiaría que me dijeran que un problema médico grave con un chequeo anual se habría detectado antes o cualquier cosa del estilo.

Cuidar de nuestra piel con un experto

Desde hace una década, en mis mejillas salieron manchas rojas. Coincidió con la época en que mi relación en turno se empezaba a ir al carajo. Deben saber que esa relación murió un año antes de que la termináramos. El desgaste emocional, comprenderán, fue enorme tanto para mi ex como para mí. Así que en mi cabeza necia, las manchas rojas no eran más que otro síntoma del tremendo estrés al que estaba sometida.

Al terminar la relación, tanto mi migraña constante como las manchas disminuyeron, pero no desaparecieron. Y eventualmente aprendí a vivir con tener la piel roja y una tendencia a la migraña.

Después de entrevistar a Claudia, decidí ir con ella a revisarme las dichosas manchas. No me arde la cara ni me causa molestia y jamás he sido de usar bases, polvos o cosas similares de maquillaje porque mi piel es muy grasosa y a los tres segundos de aplicarme cualquier tipo de maquillaje en toda la cara, la producción de grasa se triplica y me siento sumamente incómoda.

Al verme me dijo sin lugar a duda: es rosácea. La rosácea es un proceso inflamatorio de la piel que enrojece la cara, hace que se noten más ciertos vasitos y, en casos muy extremos, provoca pustulitas que se confunden con acné. Se puede controlar. Hay que conocer qué la dispara (porque tiene disparadores como los lácteos, el vino tinto y el café) con una rutina de skincare adecuada. Normalmente hay un factor genético -que en mi familia no existe- y no desaparece.

¿Cuál es el problema? Si hay reacciones que asemejan al acné, es muy fácil ir a una farmacia y conseguir tratamiento para el acné. No sería problemático de no ser que no es acné lo que se padece, así que no se ataca el problema de base. Tratar de cubrir las manchas con maquillaje tampoco es recomendable.

Yo viví engañada por muchos años. Siempre me dijeron que mi piel era grasosa y los productos que utilizo para su limpieza son para piel grasa. Claudia me dijo que en realidad soy de piel sensible/delicada y que la grasa es más un sistema de defensa. Me mandó un tratamiento y cita en tres meses.

De no haber ido con una experta, probablemente mi rosácea seguiría sin pena ni gloria hasta que, quizá, llegara a ser un problema grave de salud.

Crear nuevos hábitos

Llevo casi una semana de aplicarme el tratamiento y he notado mejorías en mi piel, particularmente en la cantidad de grasa de mi cara. Aquí viene un segundo problema del cuidado de la salud: la desidia.

Es muy fácil caer en la tentación de decir “ya estoy mejor, ya no necesito esto” y dejar el tratamiento. Uno de los problemas modernos es la resistencia de las bacterias a los antibióticos en primer lugar por cómo nos los recetan cual dulces y en segundo lugar por no concluir los tratamientos.

Crearnos hábitos saludables no es tan sencillo. Amerita constancia. Yo, por ejemplo, activo alarmas diarias en mi teléfono para aplicarme fotoprotector que debe ir cada 4 horas. No importa que no esté saliendo a la calle. Es importante porque la luz de las pantallas también lastima la piel.

Seguir mi rutina del cuidado de la cara también es importante porque de otra forma no va a disminuir mi rosácea. Es generar hábitos. Lo bonito de los hábitos es que una vez generados, ya es difícil perderlos, ventajas de ser criaturas de costumbres. Sin embargo, las costumbres se crean con la repetición constante y quizá por eso crear hábitos de salud preventiva no es tan sencillo, porque bien llevados, son consultas una vez al año. Pero creo que podemos hacer el esfuerzo.

Hasta el momento he tenido muy buena suerte. No he topado con un problema más grave. ¿Pero para qué esperar a que ocurra una tragedia? Mejor cuidarme desde ya.

Si siguieras en este plano, hoy cumplirías 60 años. Eso implica que hoy es uno de los dos días del año que más me parten. Muchos dicen que trate de resignificar las fechas, o que no lo piense, o que suelte las cosas. Me parece que en general quienes lo dicen, no han perdido a alguien cercano. Además, cada quién lidia con sus duelos de formas distintas.

Algo por lo que siempre voy a estar agradecida es porque pudimos limar asperezas antes de tu partida. Sin rencores. Sin todas esas cosas tan dañinas entre nosotros. Dejé de pensar que me odiabas y dejé de sentirme culpable (a medias). Como buen ser humano, a veces me entra la culpa de “perdimos mucho tiempo con tonterías”. Tanto que pudimos aprovechar. Tanto que pudimos haber platicado.

Creo que tú sí te arrepentiste de cosas ¿no? Fuiste un padre distante al inicio. Muchas veces pensé, tontamente, que era yo la que provocaba la distancia. Que por algo no me podías amar. Pero en realidad, eras frío. Era tu forma de ser. Eso jamás implicó, ni por un momento, que no nos amaras.

Y lo empezaste a demostrar. Es con eso con lo que prefiero quedarme. Los mensajes de “Buenos días, hijetas. Las amo” cada mañana en el chat familiar.  Y antes que eso, los días en que ibas a dar clases a La Salle y me dabas aventón. Aprovechábamos para platicar y me quedaba en la esquina para tomar el metrobús e irme a dar clase a la Escuela Escandón. Platicar de libros siempre nos sirvió. Mucho antes de eso, ahora lo recuerdo, veíamos juntos las noticias. Cuando yo estudiaba periodismo y empezó el programa aquel de Víctor Trujillo (cuando no salía como Brozo) y criticaba lo que pasaba con Fox. Comentábamos cosas de política. Veíamos jugar a los vaqueros de Dallas (aunque después decidieras olvidar eso y te diera por decirme que no dijera que me gustaba el americano, si no me gustaban los deportes, eso jamás entendí por qué fue). ¡Ir al cine a ver las premieres de Harry Potter con Llamas! La complicidad de la lectura conjunta, el querer saber en qué parte del libro iba el otro para poder comentarlo. Mi ánimo lector incansable vino de ti, eso me queda claro. Fuiste tú quien me dijo que leyera La isla del tesoro cuando acabé de leer Robinson Crusoe a los 8 años.

Te llevo conmigo a donde voy. No sólo físicamente, en mi apariencia (porque no puedo negar que soy hija tuya), sino en mi recuerdo. Cuando más te extraño, saco los libros que me regalaste. Buenos días, tristeza de Françoise Sagan un buen día porque sí. Cartas a un joven novelista de Mario Vargas Llosa, un 10 de mayo.

Ese último me sorprendió mucho. De entrada, no solías darme cosas por el 10 de mayo (creo que te seguía pesando un poquito que hubiera sido mamá a mis 21). Y la dedicatoria. Esa dedicatoria me hace llorar de la emoción aún: creías en mi capacidad narrativa, en mis historias.

Cartas

No siempre estuvimos de acuerdo. Creo que muchas veces pensaste que yo era la hija descocada, la que prefería apostar por locuras en vez de ir a lo seguro. Y de ahí venían muchos miedos (tuyos) por mis decisiones. Pero al final aceptaste que iba a hacer mi camino (y no voy tan mal).

Te extraño. Cuando te encuentro en mis sueños, te platico todo lo que ha pasado. Muchas veces me pregunto qué me dirías, pero eso sí, ya no me pregunto si estarás orgulloso de mí. Eso ya no me causa conflicto. Donse sea que estés, confío en que estás bien. Nosotros lo estamos. Tenemos tus ejemplos (buenos y malos) y tus enseñanzas. Gracias por todo, papi. Hasta que nos encontremos de nuevo.

 

Siempre he pensado que mi ideal en esta vida, sería poner una escuela. Nunca me he sentido más viva que cuando he estado frente a un grupo. Enseñar es mi vocación, ese llamado que ha sido inevitable.

No sé si es porque crecí en una familia de docentes. Mis padres enseñaron a nivel universitario desde que tengo memoria. Cuando mi papá falleció, el velatorio se llenó de alumnos y ex-alumnos que lamentaban la pérdida de ese hombre que al principio fue el terror absoluto (el “Puga malo”, le decían) y que con los años se ablandó un poco. Quizá ya no era tan estricto en sus enseñanzas, pero aún en sus días de desánimo y de perder un poco la fe en los alumnos, seguía decidido a lograr que aprendieran algo.

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La labor docente es más que horas en aula: es planeación, es calificar y es seguir preparándose. [Mi altero de trabajos por calificar en una mañana dominical]

Una de las fotos de mi mamá que más me gustan fue tomada por un alumno suyo, capturando ese momento en que ella daba cátedra de forma apasionada.

Yo he tenido la fortuna de poder enseñar desde pequeña: primero le enseñé a mi hermana a leer y a escribir, jugábamos a “la escuelita”, donde yo era la maestra y le hacía “libros de texto” (más bien, cuadernos de trabajo) a mi hermana para enseñarle cosas.

De ahí en adelante, cada vez que he podido estar frente a un grupo, me he sentido plena. Sea un grupo de técnicos en enfermería (mi última experiencia docente ¡hace casi cinco años!) o en talleres de pocas sesiones, poder compartir lo poco que sé siempre se me ha hecho una bendición.

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Poner a mis alumnos a investigar y que se emeraran, me ponía de buenas

Lo que la gente no dice de la enseñanza/docencia es que te rompe a cachitos todos los días. El ser humano es una criatura que está en constante crecimiento. No estamos terminados. Siempre podemos cambiar y aprender. Siempre podemos desaprender.

En México, al menos, me parece lamentable que la labor docente sea tan mal vista. Creciendo escuché a muchas personas decir “y al fin si no encuentras trabajo, puedes entrar de maestro”, como el último recurso. ¿Por qué debía ser un “no me queda de otra”?

Hoy en día, platicando con mis amigos docentes, veo cómo volver las escuelas negocio, donde mientras el alumno pague lo demás no importa, está dando al traste con cosas muy importantes, pero eso es tema para otra reflexión.

Hoy estoy agradecida por las veces que he podido dar clases pero, ante todo, por las veces que los alumnos me enseñaron amí. Más que eso,e stoy agradecida por haber contado con muchos maestros memorables, tanto dentro como fuera de las aulas. Es un día para festejar a quienes tienen la paciencia, el ánimo y esa vocación para estar frente a aulas. Particularmente a los maestros de secundaria, ¡ellos merecen un altar!

*Este posteo es parte de mi #100DaysProject: durante 100 días subiré un post con alguna anécdota personal o historia.

Imagen desde Pexels

Los que me conocen saben que nunca me he considerado material godínez. Eso fue tema de discusión recurrente con mi papá y con mi hermana, principalmente. Mi papá se preocupaba porque veía mi carrera laboral muy extravagante: nunca había durado más de un año en un trabajo y normalmente salía justo al año, corriendo para no volver. Las oficinas me sofocaban. No me sentía a gusto. Jamás soñé con trabajar de fijo en un lugar. Los trabajos que implican movilidad me son más atractivos. Y no me refiero forzosamente a vivir viajando (no que me desagrade la idea tampoco), sino poder hacer de mi tiempo lo que yo desee.  Finalmente, el tiempo es nuestro recurso más valioso.

Por eso, he sido freelance en más de un ocasión. De hecho, por eso SOY freelance todavía. El tener trabajo fijo me da la ventaja de las prestaciones y un sueldo que llega quincena tras quincena, cosa que en la situacióne conómica actual no se debe desaprovechar. Pero ser freelance me ayuda a seguir manejando mi tiempo y hacer cosas que me gustan mucho más.

Lo que he aprendido de ser freelance durante tanto tiempo es bastante. Acá les van algunas ideas por si la freelanceada les suena coqueta:

  1. Tener una agenda: Mi súper poder durante mucho tiempo fue encimar citas, hasta tres, misma hora, distinto lugar. La teletransportación todavía no se me da y si tengo clones, no los conozco como para que me puedan cubrir. Así que aprendí que antes de decir “sí” a una cita, debía tener la agenda junto.
  2. Se vale decir que no: Así como dicen que “el que a muchos amos sirve…”, en la vida freelance es bueno decir que no a una chamba. Sea porque las condiciones son malas o porque ya hay mucho trabajo encima, es válido reconocer las limitaciones. En serio. Existe esta noción de que hay que decir “sí” a todo porque si no ya no nos van a ofrecer chamba ¡error! Lo peor que podemos hacer es saturarnos al grado de no llegar a alguna entrega. Eso sí va a lograr que ya no nos busquen.
  3. Valora tu trabajo: Creo que esto es algo que debería ser materia desde que nos enseñan a sumar y a restar. Hay que valorar nuestra chamba. El truco que a mí me ha servido más es cobrar por hora. ¿Cuánto tiempo me tardo en hacer equis cosa? Además, el costo depende por la dificultad. No forzosamente lo difícil que me se hace realizar algo, sino el nivel de estudios y de esfuerzo que me llevó tener esa habilidad. Por decir: no cobro igual corrección de estilo en español que en inglés, mucho menos si es inglés científico. El vocabulario técnico necesario para corregir algo en inglés me tomó dos años de mi vida y no lo practico tan seguido como el vocabulario “vulgar” que leo en cualquier publicación de blog o en las novelas y cuentos que leo con frecuencia.
  4. No hagas caso del miedo: La cosa en la que podemos destacar como freelances es la cosa a la que nos dedicamos. Mi material de trabajo son las palabras. En dos idiomas: inglés y español. Eso abarca traducir, corregir estilo, corregir redacción y generar contenidos. He procurado mantenerme en la línea de las palabras. Quizá no soy la mejor redactora del mundo, pero en el momento en que me dije “sí puedo hacer esto” las cosas empezaron a fluir.  Y en ese tenor, no hay que olvidar el siguiente punto.
  5. Promociona tu trabajo: Uno puede ser el más fregón del planeta Tierra y sus alrededores, pero si no promocionas tu trabajo, nadie te va a buscar. Los primero talleres que impartí fueron gracias a mi blog. Internet tiene la ventaja de que nos permite llegar a más gente. Así que sí es necesario cacarear los huevos que tenemos en nuestra canasta.

Creo que esas son las mayores enseñanzas que he obtenido en mi vida freelance. Una última cosa vital: el tiempo es un recurso limitado. Si bien trabajar desde casa tiene sus ventajas, hay que saber acomodar nuestro tiempo y aprovecharlo. El día de un freelance no puede iniciar después del mediodía, porque ya no será un día productivo. Hay que establecer horarios para que el tiempo rinda.

Ustedes, ¿tienen consejos para la vida freelance?

*Este posteo es parte de mi #100DaysProject: durante 100 días subiré un post con alguna anécdota personal o historia.