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O lidiar con el duelo colectivo

Traigo una pena muy grande atravesada en el corazón y estos días no han hecho más que incrementarla. Desde más o menos Navidad he sentido al virus del COVID-19 más cerca, más tangible. En ningún momento, desde que en marzo de 2020 nos mandaron quedarnos en casa, he llegado a pensar que el virus sea falso, no me vayan a mal entender. Sin embargo, para mí seguía siendo algo lejano. Por fortuna, prácticamente todos mis cercanos podían quedarse en casa y lo estaban haciendo. Y quienes no podían se cuidaban muchísimo. Entonces me sentía en esta burbuja de seguridad: si seguimos cuidándonos nada pasará. Como mantra. Como escudo. Como canción de cuna. Todo está bien, nosotros estamos bien.

Cuando dejamos de estar en semáforo rojo, convencí a mi mamá y mi hermana de irnos a encerrar en una casa con alberca. No porque quisiéramos fiesta, sino que a medio año de estar encerrados necesitaba un poco de sol al menos, despejar mi cabeza, cambiarle el paisaje a mi hijo. Y estar con mi familia. Seguimos trabajando y agradeciendo cada segundo: tenemos un trabajo que nos deja estar en casa, tenemos salud, no nos falta nada.

Claro, me pesa mucho el no ver a mi gente. Mi círculo cercano es el oasis y una de las mayores bendiciones de mi vida. Ya en abril escribía sobre el duelo en que estábamos a nivel mundial. En ese texto menciono:

Para mí la felicidad siempre ha estado en mi pequeña red de apoyo, esas personas que han estado en las buenas, en las malas y en las peores. Sentirme lejos de ellos porque tenemos que estar en casa me tiene en un estado de constante agobio.

¡Y apenas era abril! Estamos a poco tiempo de llegar a un año de, en mi caso, estar trabajando desde casa. Eso significa también casi un año de no ver a mis amigos o verlos a la distancia, con cubrebocas, con espacio amplio entre nosotros y extraños rituales que nos impiden abrazarnos, bajar la guardia, estar en paz. En diciembre una de mis amigas me ayudó porque de alguna forma acabé de encargada de armar los regalos de Navidad para todos en mi oficina y necesitaba cajas. Mi mejor amigo dio con un lugar donde vendían cajas a buen precio y Male me dijo que me daba aventón para poder ir a comprarlas. Aprovechamos la ida para platicar. Diciembre siempre es un mes pesado para ella por su línea de trabajo. Cuando me dejó en mi casa me dijo que extrañaba eso, simplemente platicar. Sonreí, aunque no creo que se notara con mi cubrebocas, porque yo también extrañaba estar en el coche con ella, platicando de la vida.

Lo digital no quita la distancia

Paso mucho tiempo frente a la computadora. De mis mejores compras fue ponerle filtro para luz azul a mis lentes. Me sorprendió bastante que en 2020 no incrementara más que una cosa risible mi miopía. Tanto tiempo frente a la compu pensé que me iba a salir más caro en salud visual. Toda mi vida se volvió digital (como la de muchos, claro). Trabajo, juego de rol, reuniones de las Geek Ladies, Círculo de Lectura, clases…

Cuando llegó mi cumpleaños en octubre no quise hacer yet another reunión virtual. Parecía berrinche y muchos me dijeron que simplemente era una más en la lista de cumpleaños arruinados. Pero (y perdón gente de marzo, abril y mayo) el desgaste mental para octubre nada que ver con los primeros cumpleaños arruinados. La distancia pesa cada vez más y el cuidado de la salud mental nunca había sido tan importante.

Las pantallas me tienen cansada. Se vuelve un peso mayor para mi mente. Y está comprobado que es más complicado para el cerebro procesar las reuniones virtuales que las reales. No sólo por el tema del contacto humano sino por la cantidad de información que le estamos aventando al cerebro. En un reunión de Zoom o Meet, con las cámaras prendidas, son muchas cosas pasando al mismo tiempo en el mismo plano. En este caso, en la misma pantalla, y es un gran distractor para el cerebro. ¿A qué le pones atención? En persona volteas a ver a quien está hablando (o no) y tu atención se puede enfocar en un punto en particular.

Pero ¿no prender las cámaras? Doy clases y es horrible sentirte en sesión espiritista: le hablas al vacío y rezas porque alguien te conteste, por recibir una señal de vida y que todo lo que estás explicando está llegando a buen puerto. En el aula de menos puedes ver el interés, el aburrimiento o el vacío irredento de quien está soñando despierto reflejado en los ojos de los alumnos. Puedes decirles que por favor guarden el celular y pongan atención, puedes ver sus caras y relacionarlas con sus nombres. Me precio de tener buena memoria y poder crear una buena relación con mis alumnos. Hoy no les puedo decir más de ¿diez? ¿quizá quince si me esfuerzo? nombres de mis alumnos. Son los que participan. Son los que además de un nombre en la pantalla tienen una voz que identifico y que me hace ver que no estoy como merolico frente al vacío informático. Tuve 100 alumnos este semestre y no creo haber conectado con ninguno. Eso me entristece infinitamente. Una de las cosas que amo de enseñar es justo ver esa luz maravillosa cuando “cae el veinte” o algo cobra sentido en la cabeza de un alumno. Cuando todo lo que les digo llega y hace clic. Fue un semestre desgastante. Había un mundo de distancia entre mis alumnos y yo.

Esa distancia ya me pegaba demasiado como para querer una reunión más de Zoom o Meet para estar con mis amigos en mi cumple. Ese cansancio mental que propicia un día de más de 14 horas frente a la pantalla me quitaba toda la alegría de pensar en platicar con mis amigos. De hecho ha habido un par con quienes he preferido tener largas llamadas telefónicas (y miren que tras años de trabajar en call centers, prefiero evitar el teléfono como medio de comunicación) o largas notas de audio en lugar de más tiempo frente a la pantalla. Al menos escucharlos “hablándome al oído” los siento más cerca.

Este temor que no me deja

En Navidad falleció la abuelita de uno de mis amigos de más tiempo. Él también estaba enfermo. Fue complicado. Mis amigos y yo, los de la prepa, hemos enterrado ya a varios padres y hemos estado acompañándonos en los funerales. Luego supe que mi mejor amigo también estuvo enfermo, aunque prácticamente asintomático. Luego el hermano de una de mis mejores amigas. Y de repente: el COVID-19 está más cerca que nunca.

Esta semana van dos personas que mandan mensajes a chats grupales para insistir en que nos cuidemos. Primero fue mi jefe. Luego una amiga. El mensaje, palabras más o palabras menos, es el mismo: la cosa se pone cada vez más fea y de verdad debemos aprovechar que podemos estar en casa para, duh, quedarnos en casa y evitar contagiarnos. Y entonces, el miedo me atenaza porque cada vez es más tangible que la pandemia está lejos de acabarse.

Intento pensar en esto que por ahí del 3 de diciembre publicaba el Dr. Mauricio González en sus historias de Instagram:

Vale la pena seguirlo, su información es muy aterrizada, digerible y siempre comprobable

Hoy de plano no hallaba las ganas necesarias para vestirme. Coincidió que vi un post de Hitzuji donde decía que se sentía desanimada. Entendí perfecto el sentimiento. Si hoy hubiera podido cancelar el trabajo y quedarme en pijama todo el día, hecha bolita en mi cama, habría estado menos tristona, creo. Me obligué: me obligué a trabajar al menos un poco, a bañarme y vestirme, a hacer un poco de ejercicio incluso. Siento que no puedo dejarme ir por completo ante esta tristeza/angustia/enojo. Ante este duelo. Un duelo que se sigue extendiendo. Siento que no puedo seguirme descuidando, porque eso bajaría mis defensas y entonces hay mayor riesgo. No siempre voy a estar upbeat, claro. No es que quiera vivir en un falso optimismo. Está bien no estar bien. Pero no está bien descuidarme por completo.

Ahora pienso: ¿cuántos se habrán confiado, anclados en un pensamiento mágico, a que con el cambio de año esto iba a mejorar? Bien lo menciona Alberto Chimal en esta nota en su blog:

Podría parecer que no hace falta decir lo anterior, pero esta es una era de pensamiento mágico: no faltará quien crea que, dado que 2020 ha sido el Año Nefasto, el Año de las Catástrofes, el Año de la Peste y el Encierro, bastará completar la vuelta tradicional alrededor del Sol para apagar el interruptor de las tribulaciones.

En definitiva esto no se ha acabado y siento que más que nunca, no podemos bajar la guardia. Es poco probable, si pensamos en la estadística, que no nos contagiemos en algún punto. Lo importante es que no seamos todos al mismo tiempo, para que la atención en los hospitales alcance de verdad. ¿Y entonces?

Alguien explíquele a mi corazón apachurrado que esto eventualmente pasará, que de verdad estar en casa es lo mejor que puedo hacer para volver a abrazar a mis amigos, hacer cenas, beber vino con mi equipo de trabajo. Alguien ayúdele a mi cabeza a no cargar en segundo plano el estrés del miedo a enfermarme y que deje de darme migraña. Alguien dígame que de verdad podré abrazar a mis seres queridos y podré dejar de sentir este duelo que parece infinito y que hoy me ahoga el alma.

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