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El fin de semana pasado, fui con la Dra. Claudia Cázares a una consulta dermatológica. A Claudia (disculpen lo igualada) la conocí porque la entrevisté para mi podcast sobre Adulting 101 para platicar sobre el cuidado de la piel.

Hoy que abundan los llamados beauty bloggers, esos “expertos” en belleza simplemente porque aman el maquillaje, la idea de que cuidar la cara es más cosmética que salud se ha implantando más profundamente en nuestras cabezas. Esto es un problema porque en realidad es cuestión de salud antes que de belleza.

Levante la mano la chica que si le ardieron los ojos con una sombra o un rímel nada más cambió de marca, pero no fue al doctor porque no era nada grave. El cuidado de nuestra salud en general es reactivo y no preventivo. Es decir, nos esperamos a tener un problema de salud grave antes de acudir al médico. Yo soy de esas personas y peor, porque tengo un umbral al dolor muy alto. ¿Qué significa eso? No siento el dolor como las personas normales. Para que se den una idea: llegué caminando yo sola a la clínica cuando me “molestaba un poco el tobillo que me torcí” y resultó ser un esguince de segundo grado. O lo que parecía una cistitis (infección de vías urinarias) ya había llegado a riñones porque no me dolía, sólo me sentía cansada –si me lo preguntan, en la época actual el cansancio ni debería contar como síntoma cuando ya es algo crónico.

Sin embargo, desde el año pasado me prometí cuidar más mi salud y hacerlo en la medida de lo posible algo preventivo. En particular porque me gustaría que mi hijo tuviera mamá por muchos años. Eso y que me gusta mucho vivir y odiaría que me dijeran que un problema médico grave con un chequeo anual se habría detectado antes o cualquier cosa del estilo.

Cuidar de nuestra piel con un experto

Desde hace una década, en mis mejillas salieron manchas rojas. Coincidió con la época en que mi relación en turno se empezaba a ir al carajo. Deben saber que esa relación murió un año antes de que la termináramos. El desgaste emocional, comprenderán, fue enorme tanto para mi ex como para mí. Así que en mi cabeza necia, las manchas rojas no eran más que otro síntoma del tremendo estrés al que estaba sometida.

Al terminar la relación, tanto mi migraña constante como las manchas disminuyeron, pero no desaparecieron. Y eventualmente aprendí a vivir con tener la piel roja y una tendencia a la migraña.

Después de entrevistar a Claudia, decidí ir con ella a revisarme las dichosas manchas. No me arde la cara ni me causa molestia y jamás he sido de usar bases, polvos o cosas similares de maquillaje porque mi piel es muy grasosa y a los tres segundos de aplicarme cualquier tipo de maquillaje en toda la cara, la producción de grasa se triplica y me siento sumamente incómoda.

Al verme me dijo sin lugar a duda: es rosácea. La rosácea es un proceso inflamatorio de la piel que enrojece la cara, hace que se noten más ciertos vasitos y, en casos muy extremos, provoca pustulitas que se confunden con acné. Se puede controlar. Hay que conocer qué la dispara (porque tiene disparadores como los lácteos, el vino tinto y el café) con una rutina de skincare adecuada. Normalmente hay un factor genético -que en mi familia no existe- y no desaparece.

¿Cuál es el problema? Si hay reacciones que asemejan al acné, es muy fácil ir a una farmacia y conseguir tratamiento para el acné. No sería problemático de no ser que no es acné lo que se padece, así que no se ataca el problema de base. Tratar de cubrir las manchas con maquillaje tampoco es recomendable.

Yo viví engañada por muchos años. Siempre me dijeron que mi piel era grasosa y los productos que utilizo para su limpieza son para piel grasa. Claudia me dijo que en realidad soy de piel sensible/delicada y que la grasa es más un sistema de defensa. Me mandó un tratamiento y cita en tres meses.

De no haber ido con una experta, probablemente mi rosácea seguiría sin pena ni gloria hasta que, quizá, llegara a ser un problema grave de salud.

Crear nuevos hábitos

Llevo casi una semana de aplicarme el tratamiento y he notado mejorías en mi piel, particularmente en la cantidad de grasa de mi cara. Aquí viene un segundo problema del cuidado de la salud: la desidia.

Es muy fácil caer en la tentación de decir “ya estoy mejor, ya no necesito esto” y dejar el tratamiento. Uno de los problemas modernos es la resistencia de las bacterias a los antibióticos en primer lugar por cómo nos los recetan cual dulces y en segundo lugar por no concluir los tratamientos.

Crearnos hábitos saludables no es tan sencillo. Amerita constancia. Yo, por ejemplo, activo alarmas diarias en mi teléfono para aplicarme fotoprotector que debe ir cada 4 horas. No importa que no esté saliendo a la calle. Es importante porque la luz de las pantallas también lastima la piel.

Seguir mi rutina del cuidado de la cara también es importante porque de otra forma no va a disminuir mi rosácea. Es generar hábitos. Lo bonito de los hábitos es que una vez generados, ya es difícil perderlos, ventajas de ser criaturas de costumbres. Sin embargo, las costumbres se crean con la repetición constante y quizá por eso crear hábitos de salud preventiva no es tan sencillo, porque bien llevados, son consultas una vez al año. Pero creo que podemos hacer el esfuerzo.

Hasta el momento he tenido muy buena suerte. No he topado con un problema más grave. ¿Pero para qué esperar a que ocurra una tragedia? Mejor cuidarme desde ya.