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Imagen destacada de Thought Catalog vía Unsplash

He notado que escribo muy poco recientemente. Primero pensaba que era, como a todos les pasa, resultado del cambio en el orden de las cosas a partir de que empezamos a vivir una pandemia. El agobio, la ansiedad y el duelo mundiales me estaban comiendo viva, mientras trataba de mantener el orden en mi hogar. No ver a mi familia nuclear, poner buena cara para mi hijo, aprender a trabajar a distancia y a irme haciendo de lo que necesitaba para que el trabajo fuera funcional. Todas esas cosas me ocupaban la mente. Leer y escribir me costaba trabajo. Eventualmente esta situación que se ha extendido por casi dos años se volvió habitual. Me di cuenta de muchas cosas que clasificaba de “normales” que ahora me parecen una locura: los tiempos de traslado, cargar a todos lados una mochila cual segundo hogar a cuestas porque salía al alba de mi casa y volvía ya entrada la noche y un largo etcétera. Tras haber visto que es posible lo que me dijeron que no se podía (trabajar desde casa para una oficina que me da todas las prestaciones que pude sólo soñar antaño y crear un balance un poco menos caótico entre vida personal y laboral), no concibo “regresar” a lo de antes.

Y ese antes incluye algunas concepciones sobre mí misma y mi vida.

Hoy desayuné con una amiga del trabajo y me hizo un comentario que varias personas ya me han hecho. Cuando mencioné algo sobre mi novio y el tiempo que llevamos siendo pareja, ella abrió los ojos grandes y me dijo que juraba que mi relación llevaba más tiempo. Al parecer, el cómo hablo de H y el cómo manejamos nuestra relación da la vibra de “madurez en relaciones” que se alcanza únicamente con el tiempo de larga convivencia. En el gran espectro de las cosas, llevamos un año y meses de conocernos y 9 meses de ser pareja. Eso es poco tiempo comparado con cuánto llevamos de vida cada uno, por ejemplo. O con la vida de mi propio hijo. Es poco tiempo incluso comparado contra mi carrera en publicidad digital. Sin embargo, me parece que precisamente el haber creado una relación en lo que parece el fin del mundo como lo conocíamos nos ha ayudado a ver muchas cosas de forma similar.

He notado, insisto, que escribo muy poco recientemente. Mi mente ha estado entre la saturación de un exceso de trabajo y este perpetuo modo survival que inició en marzo de 2020 y no ha parado. Al mismo tiempo, desde marzo de 2021, mi mente está maravillada por mi relación con H. Todo eso que pensé que no podía pasar en mi existencia, ha pasado.

Todavía me encuentro sorprendida por tener el apoyo de mi pareja cuando le hablo de mis proyectos. El que lea como si no hubiera un mañana no le parece una pérdida de tiempo y el que sueñe con publicar mis libros le parece un gran objetivo. Ustedes podrán decir que eso es lo normal ¿no? Una pareja que te apoya y que está contigo en tus ocurrencias. Pero yo vengo de relaciones en las que me era reclamado que mi prioridad no fuera el otro. La figura de mujer devota ama casa jamás ha sido lo mío. Particularmente por la parte de sumisa. Anteponer al otro a mi propia felicidad no me nace fácilmente, no por motivos egoístas, sino porque desde hace mucho intuyo que si yo no estoy bien, no puedo ofrecerle nada al otro. Si la depresión me dejó algún aprendizaje en mis 20’s, fue ése. Y para estar mentalmente estable, necesito crear. Para crear, necesito espacio, tiempo, lecturas, música. Siendo madre soltera, esas cosas fueron por mucho tiempo, lujos difíciles de conseguir(me). Luego me mudé, porque mi trabajo me lo permitía, y fui creando mi espacio de trabajo y mis rituales de unwind en mi propio tiempo. Llegué a pensar que esa misma necesidad de mis espacios y mis tiempos iba a ser motivo de una soledad inevitable. ¿Qué hombre iba a querer estar con una mujer así? Con un pie en la tierra y el otro en las nubes, creando historias, navegando entre letras, siempre pensando en el siguiente proyecto.

Me di cuenta de que no terminaba mis proyectos literarios porque me daba miedo: una vez que estén allá afuera serán una declaración de la mujer escritora, independiente, que no necesita ser salvada, una afrenta al mundo heteronormado. Una declaración de guerra contra el género opuesto que en dos o tres ocasiones, desde rostros y voces distintas, han intentado frenar mis letras. Desde el que para entenderme hay que leerme, y leerme es hiriente, hasta que para qué escribo si es sólo un desperdicio de papel y tinta, he escuchado de todo como freno para mi impulso creativo.

Esa necesidad de contar historias me viene desde hace muchos años. Mi madre aún guarda los cuentos que escribí e ilustré estando en primaria baja. El primer taller de cuento al que asistí fue a mis 10 años. En el taller más reciente, tomado en septiembre y octubre de este año, me dijeron que proyecto en mis cuentos una feminidad steampunk que se burla del status quo a través de una crítica que se ancla en el humor. Escribo esas palabras para no olvidarlas, porque yo por mi propia pluma jamás me habría clasificado así.

Escribo poco por dos motivos: por mis proyectos de letras y por mi relación. He notado que me vuelco mucho a mi diario para escribir todo lo maravillada que estoy por estar con H. Sus detalles no dejan de asombrarme porque es lo que siempre anhelé y pensé que no podría tener. Puedo llegar a él como náufrago que llega a tierra y sentirme segura. Así se lo dije a él: es mi lugar seguro. Porque procurarnos, ver que el otro esté bien, recordarnos beber agua y comer sano es parte importante de nuestra relación. Pero su bien todo eso me encanta y quisiera (podría) cantar sus alabanzas sin parar, quiero guardar eso como el lugar seguro y personal que es para ambos. Vivir el presente.

Al mismo tiempo, mi modo survival me hizo aceptar más trabajo del que era sano. El miedo a no poder pagar mis tratamientos médicos, derivados de un diagnóstico que me dieron en marzo de este año (casualmente inicié tratamiento al tiempo que iniciaba relación) accionó en mí esa imposibilidad a negarme al trabajo extra que cayera, aunque fuera irónicamente en contra de mi propia salud. Hoy con el agotamiento del burnout que me provocó trabajar a marchas forzadas por más de tres meses seguidos, me doy cuenta de que ciertos lazos del pasado me detuvieron. Con ese agotamiento ¿quién iba a tener cabeza para escribir? Me decía a mí misma que no iba a iniciar nuevos proyectos hasta no cerrar los que ya tengo. Pero acabando mis días a las 9:30 p.m. o 10:00 p.m., lo que menos deseaba era escribir.

En el marco del maratón de lectura #GuadalupeReinas que desde hace cinco años organizan las chicas de Libros b4 Tipos, la pregunta central ¿qué es la lectura? me ha hecho cuestionarme al mismo tiempo qué es la escritura y qué se requiere para poder escribir.

Recientemente leí el ensayo “Dentro del bosque” de la editora y escritora Emily Gould, donde narra las desventuras de querer ser una escritora versus la necesidad de pagar cuentas y sobrevivir en este mundo inclementemente capitalista. Hace poco le hacía la broma a H sobre que ya estoy vieja para ganarme una beca FONCA (para escritores de menos de 30 años) o para conseguirme un sugar daddy y poder dedicarme a mis proyectos de escritura.

Quizá tengo demasiado idealizado, como modo de autosabotaje, el tipo de espacio y momentum que necesito para crear. Cuando en prepa podía escribir un cuento por día con la mano en la cintura, hoy eso me parece imposible con la carga mental de lavar ropa y trastes, cocinar sano para bajar de peso, tomar mis medicamentos, hacer ejercicio, trabajar y pasar tiempo de calidad con los míos.

Dejé de pelear por esos espacios.

Porque con H no tengo que pelear para ganar mi tiempo y mi espacio: él lo respeta. ¿Y cómo se rompen los hábitos tan arraigados? Si no tengo que pelear por mi espacio, ¿ahora qué?

Para empezar, mis letras no tienen que ser un pleito ni contra mí misma ni contra mi mundo, eso es un hecho. Se trata más bien de dejar ir el PTSD emocional relacionado con el dinero, una guerra en la que viví por muchos años. Hoy no tengo que tronarme los dedos pensando si llegaré a final de mes y si podré darle comida a mi hijo. Ya no tengo que decir que sí a cada trabajo que me ofrecen, porque mi salud (física y mental) son más importantes que el miedo a que ya no me busquen para más trabajo.

Creo que hoy puedo seguirme dedicando los espacios, incluso con más calma que antes porque son espacios seguros. Estoy acompañada por mi pareja, por mi hijo y por mis amigos cercanos. Para ninguno de ellos es una locura que escriba. Por el contrario, la locura radica en no hacerlo.  Veamos qué tal va el 2022, sin cargas mentales que me frenen. Seguiremos escribiendo.

“Sigues muy sorprendida” me dijo hace poco una amiga cuando le contaba algo, quizá nimio, de mi relación.

Para mi círculo cercano, mi relación no es novedad: han contemplado el proceso de enamoramiento y de inicio de relación de pareja de cerca. Para el mundo digital, en cambio, mi novio es una mención o una letra (H) de vez en cuando, en la newsletter como el culpable de muchas películas que veo, en algunas fotos de Instagram como el que me acompaña a salir de la ciudad y nada más. Es raro que comparta fotos de nosotros ni canto sus alabanzas a cada rato en mis diferentes canales de social media. Existen varios motivos para esto: si bien llevo una vida muy “pública” en realidad intento que sean mis intereses y mi trabajo lo que luzca ahí y no tanto mi vida personal, porque entre más me dedico a redes sociales, más claros me quedan los riesgos de compartir absolutamente todo. Échenle que tanto una de mis mejores amigas como H se dedican a ciberseguridad y bueno… Además de que mi relación me tiene tan fascinada que procuro estar presente y vivirla en lugar de reportarla al mundo.

Pero llevo un rato dándole vueltas al “sigues muy sorprendida”. Porque es cierto: sigo maravillada por tener una pareja como H. Y como yo sólo me entiendo escribiendo, heme acá tratando de trazar el por qué de mi sorpresa, más que nada porque creo que hay detalles que son relevantes.

El amor romántico y desechable

En una sociedad de fast love (retomando lo que plantea Adrián Chávez), donde predomina el amor romántico que tanto hemos interiorizado gracias a los productos de cultura pop, existen expectativas e ideas que alteran mucho cómo nos relacionamos. Dentro del set de ideas que trataba de desechar, pero que tenía muy sembradas en mi interior, estaba el que ser como soy era malo. Esa es la versión corta. La versión larga era: siendo una mujer tan terriblemente inquieta, con necesidad de siempre estar creando, y ser tan independiente (sin necesidad de ser salvada) no me hacía digna de tener pareja. Porque el hombre está para salvar, procurar y proveer ¿no? Y si no hay necesidad de que me salven, ni me procuren ni me provean ¿qué persona me va a querer como pareja? Súmenle el que soy mamá soltera, así que “vengo en paquete”.  Aunque el venir en paquete no me hace “anhelar el rescate”. Me identifico más con la bruja que con la princesa del cuento. Mi abuelita, tratando de echarme porras, alguna vez me dijo que todo eso que admiraba de mí, mi independencia, la forma en que siempre he buscado salir adelante, el que no me quedo callada, es precisamente lo que iba a hacer que muriera sola.

Si bien no iba por la vida buscando pareja y hace mucho decidí que juntar dos soledades no más hace una mucho más grande, bien que mal el que te repitan constantemente ciertas cosas hace que uno acabe preguntándose ¿tendrán razón? ¿estoy mal configurada por no soñar con una boda como fin último en mi vida? Mi psicóloga me recomendó leer a Coral Herrera y al leerme “Mujeres que ya no sufren por amor” vi verbalizadas muchas cosas que intuía pero no acababa de definir.

Al sistema patriarcal en el que vivimos le conviene mantenernos a las mujeres enajenadas buscando el amor romántico, ese príncipe azul que aunque al conocerlo sea un patán, cambiará por amor verdadero; mientras que los hombres son educados para estar ajenos a los sentimientos y las emociones que son “cosas de chicas”. Si desde pequeños nos segmentan y nos enseñan a querer de formas distintas ¿qué oportunidad tenemos al crecer? Las expectativas de lo que es una pareja es muy diferente y por supuesto, eso impacta en las relaciones. Además, no olvidemos: el “y vivieron felices para siempre” involucra a una Cenicienta que se casa a los 15 años cuando la expectativa de vida eran 30. Pero al cambiar la sociedad, tanto por los avances médicos como con los feminismos, esos paradigmas empezaron a quebrarse.

Cuando cumplí 30 años empecé a sentir el peso social de no haberme casado aún. A pesar de que el matrimonio nunca ha sido una meta en mi vida. Varios de mis amigos se empezaron a casar y me sentí ajena, no por no estar casada, sino por no encontrar mi camino en las normas sociales. Tantos años que luché por mi libertad, por poder crear mis lazos con mi tribu, por poder dedicarme a escribir y trabajar desde casa al menos la mayor parte de mi tiempo… ¿quizá sí tenía que dedicarme a un trabajo godín y ceder en mi forma de ser?

 

La mínima decencia humana y muchísimo cariño

Aprender a defender cómo es una en esta sociedad que corta tanto la creatividad es complicado. Yo estaba hecha a la idea de que eso implicaba sacrificios, como no tener pareja. Pero también había aprendido que el amor no es nada más el de pareja y repartía mis afectos con mis amigos, mi familia y mis pasiones. Escribir, leer, crear siempre me han movido. Soy de esa extraña cepa de humanos que desde muy pequeños saben qué aman con todo su ser y buscan mantenerlo cerca de sí toda su vida. A los 8 años supe que escribir y dar clases eran esas cosas que no podía soltar. No sabía si iba a poder vivir exclusivamente de ello, pero podía intentar con todas mis fuerzas.

En el camino he topado con obstáculos. El novio que me dijo que mejor aprovechara mis habilidades para relacionarme con la gente para lograr echar a andar el negocio que él había puesto en vez de seguir adelante con mi revista. Mi padre constantemente diciéndome que cuándo iba a madurar y hacer algo productivo, que cuándo iba a ser una proveedora real para mi hijo. El novio que ante cualquier comentario de las cosas que me desesperaban de mi trabajo me decía que si ya iba a renunciar a la publicidad para hacer algo real. Él era el mismo que me decía que por qué insistía en escribir si ya estaba todo escrito y seguro no iba a poder aportar nada nuevo. Y el mismo que me decía que por qué siempre estaba pensando en el siguiente proyecto. A veces me veía tentada a pensar como un amigo mío: hay tres pilares en esta vida y si logras que dos jalen estás del otro lado. Esos pilares, según mi amigo, son trabajo, familia/amigos y pareja. ¿Tener pareja me iba a obligar a estar en un pleito constante con lo demás de mi vida? Así no juego. Una pareja que no me aguanta cuando estoy con mis amigos porque lo desesperamos (sí, sí pasó), ¿es una pareja con la que yo quería estar? O una no-pareja que me buscaba cuando estaba aburrido y a veces se arrepentía de buscarme y me dejaba plantada. Sentía que así era la vida y que por ser como soy no iba a lograr gran cosa en el ámbito romántico.

Cuando conocí a H, ya lo he dicho antes acá, no tenía intenciones románticas aunque quien nos presentó intuía que podía haber un match. Tal vez eso ayudó a que yo me presentara con la desenvoltura y desfachatez de la que soy capaz: esto soy. Una mujer alborotada de mente inquieta, que ríe a carcajadas, come con ganas, siempre está escribiendo una historia en su cabeza y planeando qué más crear. En lugar de espantarse, H se quedó. Cuando me quejaba del trabajo con él, entendía la diferencia entre verdadera molestia o incomodidad vs los quirks de mi rubro de trabajo. Cuando le contaba de mis proyectos me preguntaba más. Y, en palabras de mi hijo, me demostraba la mínima decencia humana. Me escuchaba no para resolver mi vida, sino para conocerme. No me dejaba regresarme sola en Uber a mi casa, sino que me daba aventón.

Mis estándares estaban bajo alfombra y mucha de mi sorpresa actual con mi novio se debe a que me ha ayudado a entender qué es lo mínimo indispensable en una relación (y luego un mucho más). Sentirme apoyada por él ha sido algo refrescante porque es la primera vez que siento ese respaldo incondicional para con mis ideas por parte de mi pareja. Mis amigos siempre lo han hecho. Mis ex-parejas, no tanto.

Sigo sorprendida a veces para mal, ¿cómo es que acepté tan poco? Sí, la frase aquella de The perks of being a wallflower es muy cierta: We accept the love we think we deserve. Pero también sigo sorprendida por todo lo que estoy aprendiendo al lado de H sin que él se ponga en plan de “ay, niña inculta, te voy a enseñar”. Me ve como su igual y vamos compartiendo la vida.

Sigo sorprendida por el daño que nos hace la sociedad y las expectativas de los roles sociales, porque por muy visibilizados que yo los tuviera, me seguían azotando. Y Sigo agradecida por la enorme belleza de poder ver que hay mucho más allá de esas paredes que nos traza el amor romántico. No se trata de dividir la vida en clusters y apostar porque algunos jalen para decir “vamos de gane”, se trata de recordar que somos seres complicados. No nos define ni el estatus de relación, ni la carrera, el trabajo o los ingresos. Hay muchas más aristas.

Pero ante todo lo importante es que sí es posible hacer que todas esas aristas compaginen con el plan de vida en pareja. Sí es posible que alguien no sólo reciba el cariño que le doy sino que me quiera como soy.

Agradezco mucho esta etapa de mi vida, donde si bien el enamoramiento sigue a todo lo que da, también me ha roto esquemas, me ha enseñado cosas y ha aportado mucho a mi vida. Y ojalá esa capacidad de asombro no se acabe.

A mí nadie me dio un manual para saber ser mujer en esta vida. Nadie me advirtió que iba a enfrentarme a una sociedad en la que si algo me pasa, seguramente va a ser mi culpa porque yo me lo busqué: por estar sola, por vestirme con ropa ajustada, por ser yo. Tampoco me advirtieron que mi autoimagen iba a ser puesta en tela de juicio más veces al día de lo que uno imagina.

Hace poco, al quejarme con un amigo muy querido de que me siento incómoda con mi cuerpo, él me dijo que era bonita así como soy. Que no debería martirizarme tanto ni mucho menos obsesionarme con el físico.

Tiempo atrás alguien me echó pleito por ser “demasiado”: demasiado intensa, demasiado ocurrente, demasiado inteligente. “Te vuelves insoportable”, remató. Porque no soy sumisa, tímida, callada, reservada, abnegada…

Dos buenas amigas mías me dijeron que eso pasa cuando una es feminista. ¿Feminista yo? Jamás me había catalogado con esa etiqueta (tan vituperada y mal vista ahora). De feminismo entendía poco o casi nada.

Decidí que era momento de conocer más, de entenderlo, de encontrarme en las voces de otras mujeres y, quizá, aprender a ser mujer en el siglo XXI.

Así cayó entre mis manos el libro “How to be a woman” de la periodista británica Caitlin Moran. El libro autobiográfico de Moran habla de varios temas que a mí (y seguramente a otras mujeres) me preocupan. ¿Por qué la ropa de diseñadores nunca queda bien y es tan cara? ¿Por qué el afán de usar tacones si son tan incómodos (y tan caros… bueno, toda la ropa es cara, tan cara)? ¿Qué hacer cuando una se enfrenta a comentarios sexistas, particularmente cuando son tan velados que te cae el veinte de ESPERA, ESO FUE SEXISTA horas después? ¿Qué pasa con el aborto? ¿Por qué es un pecado cumplir más de 30 años si eres mujer? ¿Es válido como mujer no querer tener hijos?

Con un humor sumamente ácido para tocar temas que invitan a la reflexión profunda, Moran nos cuenta que en realidad sigue sin aprender a ser mujer del todo, pero se quiere como es.

El libro es ampliamente recomendable tanto para hombres como para mujeres: plantea temas que quizá una como mujer siempre ha pensado pero no se atreve a cuestionar, y que como hombre va a ser bueno que se empiecen a enterar, caballeros.

Sigo sin saber ser mujer, porque creo que me estoy redefiniendo constantemente, ¡yei! Pero ya no me acongoja (tanto) no encontrar un camino definido. Vamos de gane.

Por Sor Juana Inés de la Cruz

 

Hombres necios que acusáis
a la mujer, sin razón,
sin ver que sois la ocasión
de lo mismo que culpáis;

si con ansia sin igual
solicitáis su desdén,
por qué queréis que obren bien
si las incitáis al mal?

Combatís su resistencia
y luego, con gravedad,
decís que fue liviandad
lo que hizo la diligencia.

Parecer quiere el denuedo
de vuestro parecer loco,
al niño que pone el coco
y luego le tiene miedo.

Queréis, con presunción necia,
hallar a la que buscáis
para prentendida, Thais,
y en la posesión, Lucrecia.

¿Qué humor puede ser más raro
que el que, falto de consejo,
él mismo empaña el espejo
y siente que no esté claro?

Con el favor y el desdén
tenéis condición igual,
quejándoos, si os tratan mal,
burlándoos, si os quieren bien.

Opinión, ninguna gana,
pues la que más se recata,
si no os admite, es ingrata,
y si os admite, es liviana.

Siempre tan necios andáis
que, con desigual nivel,
a una culpáis por cruel
y a otra por fácil culpáis.

¿Pues como ha de estar templada
la que vuestro amor pretende?,
¿si la que es ingrata ofende,
y la que es fácil enfada?

Mas, entre el enfado y la pena
que vuestro gusto refiere,
bien haya la que no os quiere
y quejaos en hora buena.

Dan vuestras amantes penas
a sus libertades alas,
y después de hacerlas malas
las queréis hallar muy buenas.

¿Cuál mayor culpa ha tenido
en una pasión errada:
la que cae de rogada,
o el que ruega de caído?

¿O cuál es de más culpar,
aunque cualquiera mal haga;
la que peca por la paga
o el que paga por pecar?

¿Pues, para qué os espantáis
de la culpa que tenéis?
Queredlas cual las hacéis
o hacedlas cual las buscáis.

Dejad de solicitar,
y después, con más razón,
acusaréis la afición
de la que os fuere a rogar.

Bien con muchas armas fundo
que lidia vuestra arrogancia,
pues en promesa e instancia
juntáis diablo, carne y mundo.